Estoy viendo la película y me da por fijarme en los dientes. Los dientes no son un tema menor. Actualmente la gente se toma muy en serio sus dientes. No se trata de motivos de salud sino de estética. La obsesión por estar guapos ha llegado hasta los dientes. Los centros odontológicos hacen su agosto poniendo sobre los dientes unas fundas llamadas “carillas”, un nombre acertadísimo porque son carísimas. La televisión se ha llenado de gente que estrena dientes. Dentaduras de un blanco deslumbrante que tienen algo de irreal. Como si esos dientes no pertenecieran a quien los lleva puestos.
Este asunto de poder elegir dientes es una novedad, antes la gente se conformaba con los dientes que le habían tocado en suerte. “El agente secreto” está ubicada en esa época de mediocridad dental, concretamente en el Brasil de los años setenta. En la película la gente tiene los dientes tirando a mal. Dientes gastados, oscurecidos por el tabaco, dientes rotos, o simplemente personas mayores con pocos dientes.
Flota en el ambiente algo sucio, como de mercado medieval, entre el cine de Pasolini y “Las Hurdes” de Buñuel. Hace calor y todo está sudado, empapado en un brillo de humedad tropical. Hay mucha gente fea andando en gayumbos y camisetas de propaganda. El director ofrece, sin complejos, una visión tercermundista de Brasil, un país asfixiado por la miseria. Pero ese Brasil deprimido no es triste ni autocompasivo. Más bien al contrario es un Brasil que parece festejar la pobreza. Como ya ocurría en “Bacurau”, aquel violento western amazónico, “El agente secreto” hace un alegato a favor de la gente humilde frente a los excesos del capitalismo. Un Brasil orgulloso de su pobreza, de su cachaza y de sus raíces indígenas.
“El agente secreto” no trata de agentes secretos. No hay ninguna misión, ni espionaje sofisticado. En realidad no sabemos muy bien de qué va la historia. Queda claro que el protagonista es un hombre honrado perseguido por una especie de represión gubernamental. El protagonista (Wagner Moura) se oculta en un bloque de apartamentos donde convive con otros refugiados políticos. Todos son buenas personas y se ayudan mucho entre ellos. Un edificio con un buen rollo inaudito para cualquiera que haya asistido alguna vez a una junta de comunidad. A efectos de la narración Wagner Moura y sus apostólicos vecinos son los buenos y en la calle acechan los malos: policías fuleros y sicarios despiadados. Más allá de estas simples pautas el argumento no se entiende.
La debilidad del argumento es el talón de Aquiles de una película que puede confundir al espectador. Porque queda la falsa sensación de que existe una compleja trama oculta. “El agente secreto” cuenta más cosas a través de su estilo que a través del argumento. La película no hace ningún esfuerzo por explicar las circunstancias históricas que sirven de telón de fondo a la narración. Nadie nos explica el golpe militar de 1964. Nadie pronuncia las palabras “represión” ni “dictadura”. Pero todo se entiende perfectamente. Se entiende gracias a esa sordidez asfixiante en la que se ahogan los protagonistas. Se entiende por la violencia que palpita en cada escena. La palabra “dictadura” toma forma de escualo asesino en un Brasil en el que se acaba de estrenar “Tiburón”. El director Kleber Mendoça Filho intenta una película de espionaje político y le sale otra cosa: una brillante metáfora de un Brasil esperpéntico.







