Si usted quiere molar muy fuerte no se olvide, cualquier día de estos, de tirarse en paracaídas. No estoy hablando en sentido figurado, sino de subirse a una avioneta, alcanzar los tres mil pies, o los pies que hagan falta, y lanzarse al vacío agarrado como un koala a su monitor. Por regla general usted no es temerario, pero no puede evitar escuchar la voz de su aventurero interior. Su espíritu salvaje le está diciendo que se ponga el paracaídas. Que no se diga en el bar, entre cervezas, que es usted un aburrido, incapaz de salir de su zona de confort. Zona de confort: sin duda el concepto más cursi de la nueva psicología social. El sentido común no tiene cabida mientras la gente se exprese con conceptos tan idiotas como “zona de confort” o “molar muy fuerte”.
Antes se tiraban en paracaídas los reclutas del ejército del aire. No lo hacían por diversión sino porque lo mandaba el capitán. Pero ahora lo hace todo el mundo: el frutero, la peluquera, incluso su cuñado que se hizo un tatuaje con la hazaña. Son muchas las personas de la tercera edad que se apuntan al asunto del paracaídas. Resulta chocante que un octogenario tenga ganas de celebrar la vida con una dosis controlada de riesgo de muerte. Adrenalina lo llaman ahora, otro concepto idiota. Desde luego las personas mayores ya no son lo que eran. De hecho ya no hay viejos. Nadie quiere aquella vejez de antaño, aferrada a un rigor de velatorio, resignada a consumirse. Por muchos años que cumplamos esquivaremos la muerte mientras podamos tirarnos en paracaídas. Esa es la idea.
Ahora les llaman viejóvenes. Una palabra horrorosa que popularizó, hace unos años, una canción de Ojete-Calor, una banda de petardeo pop y humor absurdo. Una palabra horrorosa pero cargada de verdad. El fenómeno viejoven es el síntoma patético de esta sociedad que niega la vejez. En realidad más que una negación de la vejez es el deseo de permanencia en una vitalidad juvenil idealizada. Cada vez son más las películas que nos hablan de esta resistencia. Recientemente se han estrenado dos: “F-1” interpretada por Brad Pitt y “The last showgirl”, de la que hablaremos la semana que viene y que tiene como morboso aliciente la reaparición de la olvidada Pamela Anderson. Pitt y Anderson, dos mitos sexuales entrados en años que, de una u otra forma, reivindican su permanencia.
F-1 la película
Mucho Brad Pitt, pero tampoco. El gran atractivo de “F-1” son las carreras de Fórmula 1 y sus cochazos de diseño. Prototipos de aerodinámica imposible. Un espectáculo fascinante que parece ciencia ficción. Es la erótica tecnológica y no Brad Pitt la que despertará el disfrute de los espectadores aficionados a películas como “The fast and the furious”. Brad Pitt interpreta a Sonny Hayes un legendario piloto retirado que, por lo que sea, vuelve a la competición. A pesar de su edad demostrará que sigue siendo el mejor.
Detras de “F-1” se oculta la veterana mano del productor Jerry Bruckheimer. El inventor de “Top-Gun”. El artífice en los años noventa de un cine de acción masculino y vigoréxico. Potencia, lucha y victoria. Heredero del triunfalismo ochentero, sus películas son un himno al espíritu de competición. Bruckheimer: republicano, conservador y patriota. Su cine no se anda con sutilezas. “F-1” tiene menos profundidad que una piscina Toi. Como dijo Donald Trump: sólo hay dos sexos, hombre y mujer. Y sólo hay dos clases de personas: las que ganan y las que pierden. Esto va sobre las primeras y a callar. Viejóvenes número uno.







