¿Qué sucede cuando el lenguaje del cómic se funde con la memoria, la fragmentación y la estética del Arte Pop? La obra de Fausto Amundarain no solo se mira, se decodifica. En “He estado en la montaña”, el artista convierte lo cotidiano en un escenario de tensiones visuales que invitan al espectador a perderse y encontrarse entre lo reconocible y lo abstracto.
El artista Fausto Amundarain (Caracas, 1992) tiene influencias vivenciales y académicas de tres continentes. Su formación inicial fue en su natal Venezuela, en Administración y Diseño, en la Universidad Nueva Esparta UNE, y también realizó estudios en el School of Visual Arts de Nueva York (2014) para posteriormente, establecer su residencia en Madrid.
En su obra actual, presente en la exposición de la galería LA BIBI+REUS Country bajo el título: “He estado en la montaña”, el artista se hace presente con pintura, dibujo y la serigrafía que vincula a la impresión litográfica de tramados en puntos, y también, con esculturas en madera y policarbonato, donde habitan múltiples y pequeñas figuras, realizadas en resinas poliéster. Su propuesta reúne dos realidades: la del mundo del cómic, y los vacíos que, a manera de siluetas, cortan e interrumpen este mundo imaginario. Siluetas que se proyectan hacia afuera materializándose como esculturas de madera que tienen más énfasis en su contenido, pues son visibles en su interior debido a sus traslucidas paredes de policarbonato, conteniendo memorias, en capsulas, a manera de almendras en su cascaron las cuales están hechas en resina poliéster, en colores tenues.
Al parecer, convergen en su obra varias influencias: el expresionismo abstracto, y en especial el Arte Pop con las propuestas de Roy Lichtenstein quien retomó la gráfica del cómic y los métodos de impresión propios de los periódicos para construir su estética. La industria gráfica de los periódicos utilizaba las tintas color magenta, cian, amarillo y el negro, aplicándolos en entramados de puntos denominados Ben-Day (para lograr la ilusión óptica de colores ausentes como el morado, el verde y el naranja, entre otras posibilidades, logrando también diferentes saturaciones y degradados). Entonces, Roy Lichtenstein, Andy Warhol, James Rosenquist, Claes Oldenburg, entre otros, en los años 60, generaron una ruptura en el arte, retomando elementos de la cultura popular del cómic, de la publicidad y la estética del empaque de los productos de la era industrial, y los métodos de la impresión de los periódicos. La forma de plasmar una imagen cambió de tal forma que ya no son el pincel, el pastel, la acuarela o los carboncillos los medios usuales, y lo producido también dejo de ser una pieza única, se pudo replicar tanto como la original; o ser extractos de otras expresiones gráficas como en el collage (pegar) o el decoupage (recortar) y sus variantes, incluso, como ahora lo es el aerosol (spray), propio del arte urbano que retoma la gráfica propia de la caricatura entre otras estéticas.

Galería La BIBI+REUS Country. Foto Juan David Cortés
Estar ante la obra de Fausto Amundarain, es encontrarse con los herederos de esa época de ruptura, pero ahora están presentes nuevos elementos, también transgresores de las estéticas actuales, que generan nuevas posibilidades. Se pueden notar, no solo la presencia de la tira cómica (cómic strip, bande dessinée), sino, también su fragmentación, las ausencias de continuidad, lo ilógico, lo incompleto, la interferencia de la imagen, con el trazo de la línea casi aleatorio, en aparente descuido, pero con intención.

El observador puede estar en frente de una obra con múltiples lecturas, super héroes vintage, que en primer plano destacan su rostro, o presentes de cuerpo entero, pero fragmentados, o parcialmente a la vista. También puede estar presente, una coreografía de bailarinas. Pero no solo eso, manos con dedos que se elongan, con hilos lineales atados a sus dedos a manera de titiriteros que controlan la situación y que surgen de brazos elásticos. La imagen no es completa, hay múltiples interferencias que indican de que el artista no es indiferente a la imagen, como si su mente las fragmentara, hiciera asociaciones ocultas, tal vez ilógicas; o sencillamente, hiciera un tipo de collage de recuerdos, o incluso, rayara sobre ellas con líneas gestuales, como lo hace un niño que realiza un gesto lúdico sobre una ilustración, sin entender que está alterando con indiferencia algo que tiene una estética propia definida. Está inherente una interacción entre lo que encuentra el artista en su cultura representacional y lo que él como tal modifica, altera, destaca, rechaza, y adapta a su marco de referencia experiencial y conceptual. Son como tres planos representacionales: la “realidad imaginaria del cómic”, la “realidad subjetiva” creada al interactuar con esta, que distorsiona o hace énfasis en algún aspecto de la propuesta inicial, y el observador de la obra que trata de entender esta confrontación. Todo esto, a su vez, está enmarcado dentro del origen mitológico, idealista y representacional del cómic.
Los tramados de puntos, propios de las imprentas, que fueron usadas para generar semitonos y colores con una paleta restringida CMYK (Cian, Magenta, Yellow, Black), y estos, también están presentes en la obra de Fausto, pero de una forma más agresiva y aparentemente desordenada, respondiendo así a una atmosfera más complicada del mundo del cómic y lo imaginario. Los entramados de puntos son casi aleatorios: se interrumpen, se repisan, son interferidos por líneas, son de por sí, una obra dentro de la obra. Lo usual es que los puntos sigan un orden de acuerdo al color, el magenta debe estar a 75 grados de inclinación, el negro a 45 grados, el cian a 15 grados, el amarillo a 10 grados, para que no se repisen y formen el efecto usualmente deseado, formando ocasionalmente una especie de roseta y evitando una ilusión “desagradable” óptica llamada Muaré (interferencia visual) que incomoda al ojo, como si fueran obras de arte óptico de Víctor Vasarely en miniatura.

Foto. Juan David Cortés
La obra “Something about rocks” tiene un fondo abstracto realizado con tramados Ben-Day y manchas de color puro, y en el medio hay dos viñetas rectangulares sobrepuestas. En una de las viñetas, se observa un paisaje de montañas rocosas, con un camino y un nevado al fondo, realizado con un tramado de puntos que no siguen el orden litográfico usual, y donde están presentes unos trazos en negro, lo que hace fácilmente reconocible el paisaje. Pero el artista, en una segunda viñeta, que esta sobre este paisaje, hace una rotación de la imagen, quedando al revés, y con la ausencia del negro, nos aleja de una comprensión de lo figurativo de la imagen y nos lleva a lo abstracto. En el plano de fondo superior e inferior, con algunos referentes al mismo paisaje, están presentes colores apastelados similares, pero hay rupturas, ausencias de color, rompimientos de las imágenes originales, que no permiten reconocer del todo el referente inicial. De esta manera, lo representacional, puede ser reinterpretado por el artista, traspasándolo a otro plano perceptivo que enfatiza en: la forma, más que en el detalle, en la ilusión, más que en la mimesis, en la ausencia más que en la presencia total, en lo desordenado más que en la armonía, en lo imaginario más que en lo real, en lo fragmentado más que en lo integro.
Las imágenes no son de una “sola lectura”, como en los pioneros del Arte Pop, más inmediatas, sino que responden a unas situaciones que podrían definirse como un enfrentamiento entre lo imaginario, y la interpretación subjetiva, que, a su vez, se construye sobre vivencias reales. En algunas obras, todo lo que sucede es exagerado, ilógico, sin secuencia aparente, incluso, destructivo, explosivo. Algo parecido sucede con la información que recibimos hoy en los dispositivos móviles, la cual tratamos de poner en “orden”, buscando entender que sucede, comprender las causas y las consecuencias, para construir un argumento lógico, pero es difícil hacerlo, porque hay vacíos, enmascaramientos, imágenes incompletas, incoherencias. Esa dificultad está presente en la obra de Fausto Amundarain, porque interpreta la realidad actual, en el marco de la inocencia aparente del cómic, que usualmente nos explica todo de la manera más simple: hay un villano malvado y un héroe bueno que trae la justicia, lo cual es una reducción de lo complejo, pero que tranquiliza. En medio del caos es más fácil simplificar, y eludir la complejidad. Pero no hay que olvidar que lo complejo, como casi todo lo presente en el universo, es deseable, bello, verdadero, con su misterio que no se agota.

De la mezcla de mundos referenciales, de lo aparentemente ilógico y contradictorio de su obra pictórica, Fausto Amundarain se proyecta con unas esculturas realizadas con láminas de madera cortada con la precisión del láser, más minimalistas, de curvas suaves, donde maderas en planos paralelos forman volúmenes delimitados por acrílicos transparentes y se convierten en contenedores, de elementos pequeños, que son replica de lo natural. Allí el artista se vuelve sereno en su propuesta, aunque también se distancia de la realidad o toma un fragmento de esta. Es otro universo, claro, transparente, con patrones de volumen resultado de la repetición de una silueta abstracta o con un referente figurativo que no es claramente explícito.
Ver y sentir toda esta propuesta artística, es como adentrarse en un huracán de ideas, para luego, reposar las condiciones del pensamiento al decodificar, aunque sea en parte, el lenguaje con el que nos comunica el artista su mundo y su reinterpretación a través del arte.
“He estado en la montaña” estará expuesta hasta el 30 de agosto de 2025 en LABIBI+REUS Country, Calle del Molí del Comte 47A, Palma.
Créditos de las fotos: Juan David Cortés







