Me encanta el ambiente de los estrenos. En las horas previas al encuentro con el público, las emociones del equipo se pueden palpar. Y yo quería palparlas. Por eso me acerqué con tiempo al Teatre del Mar, para poder ver de cerca qué se cocía entre bambalinas. No quise interrumpir esa calma tensa que envuelve a todo el equipo artístico antes del momento clave—epifanía total, diría yo— de la primera vez, así que me aparté en un rinconcito de la barra —cuántas historias se habrán cocinado en la barrita del Teatre del Mar— y me pedí un refrigerio. Desde allí observé al equipo de Produccions de Ferro moviendo los hilos de Talía para que cada pieza del engranaje estuviera bien engrasada. Me percaté de que Toni Gomila —productor de la obra—estaba disponible, y le pedí un titular para esta crónica.
—¿Qué vamos a ver, Toni?—le pregunté.
—Teatro útil para construir una ciudad para la ciudadanía—me respondió.
Y dándole vueltas a esta respuesta, me adentré en el patio de butacas. La función comenzaba entre el humo y el murmullo expectante del público: muchas caras conocidas en un teatro bullicioso donde, si no me equivoco, se vendió todo el papel o faltó poco.
Los diálogos imposibles han generado mucho teatro. Donde la historia se cierra en silencio, los escenarios pueden abrirse como claraboyas, visionarios y dúctiles. Eso es lo que sucede con L’arquitecte, texto de Josep R. Cerdà para Produccions de Ferro y Teatre del Mar, una conversación imaginada entre dos figuras clave de nuestra memoria urbana: el arquitecto Josep Ferragut y el urbanista Gabriel Alomar, dos profesionales que dibujaron Palma desde lugares diferentes: Ferragut, defensor de una ciudad permeable a la luz, mediterránea, donde la arquitectura fuese, como decía Álvaro Siza, “el lugar donde la vida sucede sin imponerse”; y Alomar, aliado de un urbanismo que respondió a los impulsos de expansión de los años cuarenta trazando el Plan Alomar, que abrió calles como Jaume III o consolidó el Mercat del Olivar, por poner tan solo dos ejemplos de su obra, dejando una herencia de crecimiento que aún hoy resuena, ejecutada desde el posibilismo de la época.
La obra nos recuerda que todo arquitecto no sólo imagina casas o ciudades: también dibuja fronteras, fija distancias, determina dónde se comparte y dónde se excluye. “La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz”, escribió Le Corbusier. Pero ese juego no es inocente. Ferragut lo sabía. Por eso se enfrentó al urbanismo salvaje. Y por eso pagó un precio que aún, como ciudad, preferimos no nombrar. Porque los mismos debates de entonces sobre la especulación inmobiliaria y el turismo se instalan en el presente como ecos funestos, como callejones sin salida que necesitan un trazado nuevo: una vía de escape que no se deje alienar por la gentrificación que todo lo devora.
Sobre un trazado complejo con tramas que se entrecruzan como callejuelas sinuosas—el enigma sobre la muerte de Ferragut cobra un especial protagonismo— trabaja Rebeca del Fresno, que desde la dirección da mucha relevancia a los archivos audiovisuales y a la vídeocreación en directo, configurando una arquitectura escénica que subraya la propuesta de principio a fin.
Algunas veces tenemos la impresión de que la obra se mueve como una conversación a media voz en una casa heredada, consciente de que cualquier palabra puede despertar lo que se quiso ocultar. Porque el teatro, como la memoria, no se impone: se filtra. Y esa conversación a media voz a veces y otras veces—en los interrogarorios que intentan arrojar luz sobre el asesinato de Ferragut—subida de tono, cobra vida con los intérpretes Xisco Segura, Miguel Ángel Torrens, Caterina Alorda y Xen Garciuño, que habitan el texto con un tono que no busca la intensidad inmediata, sino un trazado de líneas maestras que nos parece verosímil y adecuado a la historia que nos cuentan. Sus cuerpos cruzan el espacio como quien dibuja sobre una maqueta: mínimos desplazamientos, miradas que son arquitectura interior, gestos que contienen historia. El trabajo actoral permite que Ferragut y Alomar no sean percibidos como fantasmas del pasado, sino como hombres con dudas, convicciones y heridas.
Gaston Bachelard escribió que “la casa es nuestro rincón del mundo”. Y si Palma es nuestra casa, esta obra revela que todavía en ella quedan muchas habitaciones cerradas, que aún queda mucho por hacer si no queremos que nuestra ciudad caiga a nuestros pies como un caserón hendido por la especulación y el desamparo inmobiliario.
Así que pongámonos manos a la obra.
Pero que la obra sea de teatro, eso sí.







