La leyenda de Drácula siempre me ha parecido un poco antipática. El argumento necesita muchas tonterías para tener sentido. Me explico: Drácula y su novia Elisabeta están locamente enamorados. Pero ella muere repentinamente. Cegado por la tristeza Drácula maldice la tierra y el cielo. Reniega de Dios. Como castigo Dios lo condena a vivir para siempre. Un castigo que casi parece un regalo. Agraciado con la vida eterna Drácula emprende una loca búsqueda de su novia difunta. ¿Cómo piensa encontrar a una mujer muerta?. A Drácula le sobra el tiempo, así que recorre el mundo entero en busca de Elisabeta pero no hay manera, la mujer no aparece. Algo lógico teniendo en cuenta que está muerta. Derrotado y cansado Drácula se refugia en su castillo para llorar su soledad. A las puertas del castillo (esta es la tontería más gorda) se presenta un comercial de una inmobiliaria para negociar la venta de una propiedad. Durante la cena el comercial le cuenta a Drácula que él también está prometido y para demostrarlo le enseña un retrato de su novia, cuyo rostro resulta idéntico al de Elisabeta. El comercial dice que su novia se llama Mina Harker pero no cabe duda de que la chica del retrato es Elisabeta. En resumen: te pasas siglos buscando a tu novia muerta y cuando dejas de buscar es cuando aparece, prácticamente en tu casa.
El nuevo Drácula de Luc Besson, que ahora se estrena, se basa en estas tonterias fundacionales y añade tonterías nuevas, casi como un chiste. Se levanta el telón y aparece el castillo de Drácula. Las puertas se abren lentamente, hay mucho suspense y sonidos ancestrales. En el portal aparece Gunilla Von Bismark. Está mayor, muy desmejorada. Se hace raro que abra la puerta ella, pero tal vez está invitada el fin de semana. Gunilla siempre se apunta a un buen sarao. Pero resulta que aquel personaje no es Gunilla Von Bismark sino el mismísimo conde Drácula. También podría ser la princesa Amidala o Fu Manchú. El Drácula de Luc Besson se parece a todo el mundo…menos a Drácula.
Desde aquí un mensaje a los diseñadores de producción: nos estamos pasando con el estilismo. Recientemente el director Guillermo del Toro se ha sacado de la manga un Frankenstein que parece un miembro de los Nuevos Mutantes. Ahora con la excusa de que Drácula es rumano esto se ha convertido en el festival de Drag Queens de Las Palmas.
Otra cosa que llama la atención de la película es lo cerca que queda Francia de Rumanía. Los protagonistas van y vienen de un país a otro como quien baja a comprar pan. Se conoce que hay buenas comunicaciones. Tal vez hay línea de metro directa.
También salen unas gárgolas que recuerdan un poco a los gremlins. Las gárgolas son de gran ayuda porque en el momento en que aparecen el espectador se da cuenta de que todo eso no va en serio. Lo peor no es ese humor desubicado que aspira a ser “El baile de los vampiros”. Ni siquiera el plagio descarado al Drácula arrebatado de Coppola. Lo peor de todo es que teniendo a mano esos magníficos referentes la película no tiene carácter, ni estilo, ni atmósfera. Dicho de otra forma: el Drácula de Besson no se parece en nada al de Coppola, ni al de Polanski.
Luc Besson hace chuletas y copia al compañero de pupitre y aun así suspende el examen. Luc Besson hace esfuerzos para ser un mal director. Para que lo tachemos de la lista de favoritos. Pero “León el profesional” y “Nikita” siguen siendo magníficas películas. Recomendaría esta película a una única persona: Oscar Puente, nuestro grosero Ministro de Transportes. Para que aprenda lo bien que funcionan los trenes entre París y Los Cárpatos.
Luego está lo del perfume. Digo yo que eso se lo ha inventado el director ¿No?. En fin, lo del perfume por sí solo daría para otro texto. Me llamo Luc Besson y hago lo que me da la gana. Esto no es Drácula sino un max-mix de best-sellers. Porque yo lo valgo.







