Fui al teatro Maruja Alfaro Mar i Terra a sabiendas de que iba al encuentro de un monólogo escrito al calor de las redes sociales, y que no podía esperarme una experiencia teatral al uso. Sabía dónde iba, así que no esperaba salir de la sala con una sensación de catarsis generalizada ni de anagnórisis autoinfligida. Acudí con mi hijo, puesto que hace poco perdimos a nuestra mascota, Retoque, y nos apetecía vivir esta experiencia juntos como parte del duelo: quien haya amado a un animal sabe que no exagero. Puedo decir que tanto mi hijo como yo no paramos de reír en la hora larga que dura el espectáculo, y eso en los tiempos que corren—tiempos perros, como los amores de Iñárritu—ya es de agradecer.
El nuevo espectáculo, Animal de Compañía, no es solo un monólogo de humor: es una confesión a media voz, una carta de amor disfrazada de carcajada.
Hay algo profundamente humano —y por tanto, animal— en su propuesta. Bolaños no pretende hacernos reír de algo, sino con algo. Con la vida, con el caos doméstico, con esa criatura de cuatro patas que a veces nos entiende mejor que cualquier terapeuta.
Y lo logra sin impostura, sin moralina: solo con un gesto, una mirada y esa cadencia suya que mezcla picardía isleña con melancolía universal. Entre risas, uno se ve reflejado en pequeños detalles domésticos y a la vez universales: recoger la caquita de la mascota, hablar con ella cuando nadie nos ve, pedirle que nos dé la patita y sentirnos orgullosos de su alto coeficiente intelectual canino… Qué cosas tienen los amores perros, válgame Dios.
Ahí está el humor de Bolaños: en la cotidianidad convertida en risa. Reímos porque nos vemos reflejados, porque en su historia vive la nuestra, porque el monologuista canario firma una propuesta que mira a los ojos del público y le mueve la cola.
Porque también es lícito el teatro sin pretensiones, aunque no sea teatro. O aunque sí lo sea.
En esos berenjenales no seré yo quien se meta.








