Aprovecho para saludar a mi madre que me estará viendo

Aprovecho para saludar a mi madre que me estará viendo

A más de uno no le gustará que hable en esta sección de política. Tienen ustedes razón, aquí se viene a hablar de cine. Pero tengo una buena coartada: hablo de política en la medida en que el cine habla de política. Es decir: más de la cuenta. Cuando digo que el cine habla de política no me refiriendo a esa perogrullada que concluye que toda manifestación humana es política. Una cursilada que ya defendía Godard en los años sesenta, cuando afirmaba que incluso el más leve movimiento de cámara debe ser político. Lo que estoy diciendo es que actores, actrices, directores…en fin, todo quisqui en el mundo de la cultura habla de política por los codos.

La democracia, ese invento civilizador del siglo XX, nos ha envalentonado en la convicción de que tenemos derecho a decir cualquier memez. Es el triunfo de la libertad de opinión. Así las cosas en España hasta el más tonto hace relojes. Nuestro país vive inmerso en la cháchara de barra de bar, de frases hechas y opinión desmedida. Una actitud entendida como conquista de la autonomía individual. Podríamos llamarlo el síndrome de Belén Esteban: la opinión va a misa y a quien no le guste que no mire. De hecho este artículo y yo mismo hemos pasado a formar parte del error. Un error estructural. Porque ahora todo es estructural. Si hablo de política donde debería hablar de cine no es culpa mía, sino de una superestructura de poder alienante. Dicho de otra forma: escribo de política contagiado por un ambiente general que me lleva por el mal camino.

Hace pocos días Antonio Banderas hablaba en un popular programa de televisión sobre la desconfianza que le causa Donald Trump. Banderas, hay que recordarlo, es actor. Había sido invitado para hablar del estreno de su nuevo espectáculo musical pero ya de pasó regaló a la audiencia unas pinceladas del panorama internacional. La charla giró hacia lo político entre otras cosas gracias al presentador, Pablo Motos, que ha incorporado la política a su programa que en sus inicios era de humor, nada de política. Por su parte Donald Trump, especialista en ocurrencias, también le da leña al cine y arremete sin ton ni son contra el malogrado director Rob Reiner. En este mundo al revés el mundo de la cultura hace política y los presidentes de gobierno hablan de cine. Pedro Almodóvar se apunta a cualquier causa donde haya que firmar algo para cambiar el mundo y el presidente Pedro Sánchez gobierna España recomendando novelas y películas en su canal de YouTube.

Lo que yo quería decir con todo esto es que hace unos días se celebró la gala de los premios Globos de Oro. Las galas (sean de lo que sean) siempre son un peñazo así que es de agradecer que los invitados nos den motivos para salir del muermo. En este mundo al revés lo más emocionante de la gala no tuvo nada que ver con el cine.  El tema candente fue la polémica del momento: el injusto asesinato de una mujer inocente a manos de la policía de Minnesota. Se llamaba Renee Good y fue tiroteada a bocajarro al volante de su furgoneta. Su gran delito fue intentar saltarse un control policial, con la mala suerte de estar en el sitio equivocado en mitad de una tensa manifestación. Muchos de los asistentes a los Globos de Oro lucían chapas con su nombre y el suceso estuvo muy presente en los discursos de los premiados.

Renee Good se ha convertido en la bandera de la América anti-Trump, aquella que acusa al presidente de ejercer un estado policial contra la inmigración ilegal. Pero también en Renee Good hay algo que está al revés. La América anti-Trump ha elegido como mártir a una mujer blanca y cien por cien yankee para criticar el racismo policial. Un poco raro. A simple vista lo que demuestra el asesinato de Renee Good es que la violencia no entiende de etiquetas. Si me permiten la vulgaridad: cuando la víctima era un negro el concepto quedaba más claro. A pesar de esta lógica se puede alegar que el crimen es racista porque han disparado contra una mujer que defendía los derechos de los inmigrantes. Entonces Renee Good no ha muerto por su raza sino por sus ideas. Una conclusión que nos lleva de nuevo a la casilla de salida. Es decir: al violento le basta poco. Cualquier motivo sirve para desatar el caos: una opinión, una mirada, incluso una discusión sobre la tortilla de patatas con o sin cebolla.

Renee Good es una mártir multiusos, que tanto demuestra el carácter universal de la violencia como lo contrario. La cuestión es que Renee Good está muerta y no debería ser así. Y su ejecutor está libre y tampoco debería ser así. La muerte de Good ha sido consagrada en el altar de la nueva política, allí donde se deciden las cosas importantes: la gala de los Globos de Oro. Un lugar que pone a disposición de los invitados un micrófono para decir lo que les venga en gana. Eso me recuerda a esa situación embarazosa tan temida por los medios de comunicación: cuando el invitado aprovechaba su momento de gloria para saludar a la familia.

Perico Gual

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