“Avatar” es más fácil con los ojos cerrados

“Avatar” es más fácil con los ojos cerrados

El gran problema de la película “Avatar” es que para verla no queda más remedio que usar el sentido de la vista. La experiencia visual de “Avatar”, sobre todo en pantalla grande, es muy parecida a la de ver una película en tres dimensiones, pero sin la necesidad de ponerse las dichosas gafas 3D.

Se acorarán ustedes del asunto de las tres dimensiones. En los años ochenta nos quisieron hacer creer que aquel invento revolucionaría la forma de entender el cine. Con las tres dimensiones íbamos a flipar pepinillos en vinagre. Una de las primeras películas estrenadas con aquel sistema fue una secuela de “Tiburón”. Para verla era necesario ponerse unas gafas especiales. Aquellas gafas (con una lente roja y la otra azul) servían para unificar la imagen duplicada que se proyectaba en la pantalla logrando así un efecto de volumen y espacio envolvente. Nos convencieron para ponernos esas gafas absurdas con la promesa de que la experiencia sería espectacular. Nos pusimos las gafas con tanta ilusión que fingimos no darnos cuenta de que eran un coñazo. Había en todo aquello una sensación de incomodidad en los ojos muy similar a pelar cebolla. Aquel artilugio era un desastre. Las presuntas gafas eran un recortable bastante cutre que no se ajustaba bien a la cara y las patillas no alcanzaban las orejas. Aquel trozo de cartón se quedaba levitando sobre el puente de la nariz y te pasabas más tiempo mirando fuera de las gafas que a través de ellas. Con aquel trajín ocular no había manera de poner atención a la película. Afortunadamente las películas en tres dimensiones no tenían mucha enjundia argumental. 

Definitivamente aquello fue un fracaso y la industria aparcó el invento. El público comprendió rápido que en cualquier película en tres dimensiones el verdadero protagonista siempre serían las gafas y sus inconvenientes. Pero las tres dimensiones siguieron al acecho esperando que el tiempo les diera la razón. Hace cosa de pocos años las tres dimensiones volvieron a la carga al amparo de mejoras técnicas que llegaban, de nuevo, en forma de gafas, pero en esta ocasión unas gafas de diseño mejorado. Eran las gafas del futuro. Las nuevas gafas tenían más cuerpo, pesaban más y con ellas el público parecía la tripulación de Star Trek. Todo muy sofisticado, pero el problema de fondo seguía siendo el mismo: las gafas con toda su logística seguían siendo el centro de atención y la película algo secundario.

El paso del tiempo ha dejado una cosa clara: que las tres dimensiones nunca mueren a pesar de las gafas. Porque el asunto no va de gafas sino de una forma de pensar el cine. Una filosofía del cine. Aquella que entiende el cine como un parque de atracciones. La misma filosofía por la que en algunas salas las butacas vibran y el sonido envolvente llega para darte un susto por la espalda. En algunas salas (no es broma) hay chorritos de agua que salpican al espectador. Efecto lluvia, por si no quedaba claro. En fin, que la butaca del cine se parece cada vez más a la butaca del dentista. Porque ahora todo es una experiencia. Incluso los restaurantes ya no ofrecen comida sino experiencias gastronómicas.

James Cameron es de los que apuestan por este tipo de cine convertido en festival de sensaciones. Detrás de su saga “Avatar” está IMAX Corporation, casualmente la misma industria que inventó las gafas 3D. “Avatar” no es una película en tres dimensiones pero la intención es más o menos la misma. Lo más llamativo de “Avatar” no son sus selvas de fantasía, ni sus dragones voladores, ni siquiera sus peñascos flotantes sino esa imagen digital cargada de píxeles hasta los topes. Una imagen hipertrófica de alta definición en la que todo brilla con el fulgor de mil soles radiactivos. Una orgía visual que es lo más parecido a un bazar chino. Todo lo que usted pueda imaginar lo encontrará allí. Un único plano de “Avatar” contiene todas las imágenes del mundo. Una estética que es el reflejo de una sociedad. Porque “Avatar” no es más que el punto y seguido a esos balcones que en navidad tienen más luces de colores que el planeta Pandora. Un horror vacui muy similar a esos cuerpos llenos de tatuajes que tapizan las playas en verano. Ya no hablamos de imágenes sino de una super-imagen que lo devora todo.

Perico Gual

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