Calparsoro: Más peligroso que un mono con dos pistolas

Calparsoro: Más peligroso que un mono con dos pistolas

Las pistolas han acompañado al cine desde sus orígenes. Si en una película alguien saca un revolver la tensión aumenta de inmediato. Ya en los primeros westerns del cine mudo como “El nacimiento de una nación” los protagonistas se disparaban de lo lindo. Su fuerza simbólica en pantalla es indiscutible, tanto es así que, hace unos años, el movimiento Dogma quiso prohibirlas. Dicho movimiento proponía un cine desnudo de cualquier artificio. Sus películas buscaban el máximo realismo, por ello rodaban con luz natural, sonido ambiente y con un guion sin excesos dramáticos. Por eso la pistola, siempre excesiva y gratuita, no era compatible con el realismo que defendían sus integrantes.

Digo todo esto porque el cine de Daniel Calparsoro es un cine con muchas pistolas. En “Salto al vacío”, su primera película como director, todos los personajes manejaban unas pistolas enormes. Prácticamente se expresaban a través de ellas y en sus crispadas charlas las hacían girar como batutas de orquesta. La película pretendía ser un acercamiento a la juventud radical de Bilbao durante los años de sangrienta actividad de ETA. Una juventud nihilista prisionera de una ciudad oxidada y radiactiva. La estética de “Salto al vacío” estaba más cerca del rock español sucio de los años 90 que del conflicto terrorista. Calparsoro no logró, ni de lejos, un retrato fiel de la realidad vasca pero nos regaló una película expresionista y violenta que sentaría las bases estilísticas del director. La película también supuso el salto a la fama de su protagonista principal, la actriz Najwa Nimri, por aquel entonces pareja del director.

Desde entonces el cine de Daniel Calparsoro se ha mantenido fiel a sus postulados formales. Cine de acción rocoso y masculino donde reina la violencia y sobre todo mucha solemnidad. Una de las principales características de sus películas es la sobredosis dramática. Sus personajes siempre están muy enfadados. Nadie se ríe. Nadie vive relajado. Una trascendencia trágica que roza el folletín y esa reiterada sensación bigger than life con la cual el director quiere remarcar que lo que nos cuenta es algo muy importante.

En las últimas películas del director hay una clara tendencia hacia el cine de acción de franquicia yankee. Un estilo internacional de aeropuerto, tecnológico y vanguardista, donde una película parece el reflejo de la siguiente. “Todos los nombres de Dios” entra en esta categoría. Cine de acción al más puro estilo de Hollywood llena de giros imposibles y con todos los tópicos del cine policiaco. Villanos terroristas, explosiones y grandes operaciones policiales coordinadas desde esos centros de control llenos de pantallas. “Todos los nombres de Dios” es, de nuevo, una película exagerada, pero si aceptamos sus reglas resulta muy entretenida. La primera media hora (el secuestro de Luis Tosar en su propio taxi) es estupenda. El actor, de nuevo en el papel de hombre corriente, es realmente convincente en su contención. En cambio a Inma Cuesta el casco policial le viene grande y por cierto, fuma fatal.

Aunque sea de forma sutil “Todos los nombres de Dios” parece querer añadir a la mecánica de la violencia una mirada con profundidad humana, que, como es habitual en el director, también se precipita hacia el exceso trágico. En el cine de Calparsoro defectos y virtudes se alternan forjando un estilo sólido y grandilocuente. Cine espectáculo en el que el director persevera desde hace casi 40 años. Ninguna película de Calparsoro es una obra maestra, en realidad todas son bastante irregulares, pero sin duda su nombre merece formar parte de la historia del cine español.

Perico Gual

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