Cuando uno se acerca a la historia de Chocolate comprende que la vida es frágil como una hoja, que a veces, la mayoría de las veces, la ley de la selva se impone en los territorios del trapicheo y de la farra. Rafa Gallego se acerca a la vida de “Chocolate”, el niño portugués convertido en leyenda contracultural en la Palma de finales de los 70, y al hacerlo nos introduce en la noche palmesana de entonces, donde los garitos explotaban con las hormonas de una juventud que acudía en peregrinación al Selva Rock y que probaba las golosinas de la madrugada entre acordes de los Chichos, los Bee Gees, John Travolta, The Eagles o el mismísimo Camilo Sesto.
Y es que uno tiene la sensación de que en esta obra el ambiente se convierte en un personaje más, y el vaivén de la movida palmesana, con sus noches de empalme, con su despertar al ecologismo—recordemos la ocupación de la Dragonera, sin ir más lejos—, con su latido jipi, nos prepara para la historia trágica que está a punto de transcurrir en escena: y cuando uno está sentado en una butaca de teatro la escena y la vida acaso sean la misma cosa.
Varias son las hipótesis sobre la muerte del niño portugués Luis Esteves de la Concepción: que si una sobredosis, que si un militar americano en el contexto de un servicio sexual, que si un ajuste de cuentas… Todas estas puertas las abre Rafel Gallego desde una dramaturgia fractal que se ramifica en varias direcciones explorando las diferentes hipótesis a lo largo de una trama que huye del amarillismo para echar el ancla en la documentación y en la poesía: cuando un jarrón se rompe en mil pedazos siempre es bueno que haya un poeta cerca para unir los trozos y un documentalista para dar fe de cómo era el jarrón antes de que cayera al suelo. Y eso es lo que hace Rafel, pero lo que se ha roto no ha sido un jarrón, sino la memoria de unos días que al mismo tiempo fueron turbios y luminosos y que ocultan un secreto cuyo misterio alumbra el sendero de una dramaturgiaque se mueve entre la conjetura y el deseo de conocer las verdaderas causas de la muerte del niño portugués.
Ese carácter fractal que resuena en el texto es recogido por Rafel Durán, director de la obra, con precisión, subrayando siempre el territorio de un mito contracultural sin simplificarlo, haciendo que el lema “vive rápido y muere joven” no resuene más alto que la tragedia de alguien que ni siquiera soñó nunca con parecerse a James Dean.
Y es que creo que no caen nunca—ni el director ni el dramaturgo— en el pecado de estereotipar a Chocolate, cuando era fácil hacerlo; no olvidemos que el niño gitano hijo de chatarreros portugueses tenía todos los mimbres para convertirse en carne de tópico: un niño racializado que muere misteriosamente tras haberse relacionado no solo con el hampa sino también con la policía, no solo con los artistas sino también con los apoderados, no solo con la vida sino también con esa muerte solícita que lo esperaba agazapada tras las murallas tenebrosas de una ciudad que conocía tan bien como a la palma de su mano.
Para refrendar todo ese universo, a manera de panóptico, un ojo de buey como una luna sobre la escena se abre y en su interior presenciamos retazos documentales que subrayan la acción: desde los devaneos de los marines americanos con las prostitutas en el Barrio Chino hasta el mismo entierro de Chocolate con la imagen sobrecogedora de su madre como una Dolorosa enlutada. Todo un acierto de la dirección, pues las proyecciones audiovisuales permiten un espacio escénico casi desnudo—tan solo algunas sillas y una escalera— diseñado por el propio Rafel Durán, que optimiza la frialdad de las redacciones y las comisarías donde la investigación sigue su curso.
Para dar vida a este universo poético y trágico que se mueve entre el realismo y la conjetura la historia cuenta con tres intérpretes que desdoblándose dan el callo y le toman el pulso a los hitos fundamentales del conflicto: Toni Gomila, Lluqui Herrero y Luca Bonadei. A través de ellos vemos cómo atraviesan la escena Chocolate, su amigo el Rubio, los maderos, los periodistas, los yonquis, los jipis de la Dragonera… Y nos quedamos con la impresión de que, en definitiva, esta obra ha pasado sobre nosotros dejándonos a solas con el deseo de saber qué pasó, pero con la certeza de que en el territorio poético las preguntas siempre son más importantes que las respuestas. Para encontrar respuestas ya está la policía.
O eso dicen.










