El tópico nos dice que un director de cine es una persona de fuerte carácter buscando la toma perfecta, dando órdenes a diestro y siniestro y a su espalda una silla de tijera con su nombre grabado en el respaldo. Entonces Fernando Colomo es lo menos parecido a un director de cine. Colomo lleva toda una vida siendo, simplemente, un señor normal. Ese vecino del quinto que te encuentras en el ascensor bajando la basura. El director ha logrado mantenerse a flote en esa normalidad de la que presumía Woody Allen antes de que sus historias sobre boardillas neoyorquinas se trasladaran a la suite presidencial del Hotel Plaza.
En el cine de Colomo hay algo primerizo, como de trabajo de postgrado. Un amateurismo vocacional. Da la sensación de que el equipo de rodaje se ha ido a por uvas y se han dejado la cámara encendida. Colomo lo deja todo al pairo con la esperanza de que sus películas se hagan solas. Lejos de la perfección Colomo busca la toma imperfecta. Tampoco los actores se esfuerzan mucho en interpretar: Resines parece Resines y el chaval que interpreta al hijo del protagonista parece lo que es, el hijo del director.
En su nueva película “Las delicias del jardín” Colomo además de dirigir es también el protagonista. Su personaje tiene pinta de ir en batín incluso cuando va de smoking. Para la ocasión Colomo se ha dejado un bigotito artístico, estilo Salvador Dalí pero de comedor social. Un bigotito que se desmarca de un desaliño general pijo-progre, a la altura de su compromiso con la bohemia intelectual de izquierdas. Porque todo el asunto va sobre arte y Colomo interpreta a un viejo pintor que asiste resignado al cambio de los tiempos. Gracias a su hijo, también pintor, el protagonista se asoma al mundo de las redes sociales y los influencers que ahora manejan el mercado del arte. A sus casi ochenta años Colomo se convierte en un turista generacional que contempla la modernidad con más extrañeza que convicción. Por más empeño que le ponga Colomo a eso de ser moderno su cine siempre está en el mismo sitio, es decir: Jean-Luc Godard y Éric Rohmer.
«Las delicias del jardín” es un recorrido ligero y no nos engañemos, un poco folclórico, por el arte contemporáneo español. Para ello la película despliega un buen número de intervenciones de conocidos artistas. En la película aparecen brevemente pintores de la talla de Antonio López y Javier de Juan, se menciona al crítico Calvo Serraller y se ridiculiza el márquetin de artistas como Jeff Koons y Damian Hirst. Colomo quiere dejar bien claro que es aficionado al arte, que frecuenta museos y que sabe distinguir “El Guernica” de un código QR. Pero en realidad no importa. Lo de menos es el argumento. «Las delicias del jardín” no esconde revelaciones profundas ni ofrece una luz nueva sobre nada. Por fortuna tampoco es la enésima crítica al mundo del arte. En cualquier película de Colomo, desde «Tigres de papel», lo importante es ese paseo por el lado amable de las cosas. Esas charlas a la deriva y esa sensación de que todo avanza de pura potra. Algunos planos están desenfocados. Algunos encuadres están descompensados. La grabación, hecha con teléfonos móviles, enfatiza el efecto de improvisación. Efectivamente todo está medio mal, con escenas que parecen una broma de cámara oculta, pero se hace difícil ponerle algún pero al director. A Colomo se le perdona todo porque con su modestia nos gana el corazón. Es imposible reprocharle nada. Ninguna de sus películas aspira a ser “El padrino” y sin embargo cuanto más se aleja Colomo del cine más se acerca al espectador y a la vida.











