Entre los nuevos culturetas, esos que se informan con las noticias de la CNN y ven documentales de Netflix sobre el Amazonas, se ha puesto de moda un adjetivo muy cursi: necesario. Los nuevos culturetas lo ven todo necesario: tal canción es un himno necesario, o tal película es un alegato muy necesario. Es lo que ocurre cuando ves demasiados documentales de Netflix, te da por pensar que el mundo está fatal. Estos culturetas pronuncian mucho la palabra “necesario” con la esperanza de que así se terminen las injusticias del mundo. Cuántas más veces la pronuncian más se arregla el mundo.
Nunca pensé que lo diría, pero ahí va: la nueva película de Paul Thomas Anderson es muy necesaria. Hemos necesitado a un director de su altura y una película larguísima para darnos cuenta de que la lucha de la izquierda es completamente inútil. La lucha de los activistas (o lo que sean) de la película consiste en levantar todo el santo día el puño, como si estuvieran poseídos por el espíritu del Che Guevara, pero todo sigue igual. No cambian nada. No hay ninguna revolución.
La película “Una lucha tras otra” recorre más de veinte años de pertinaz movimiento revolucionario para demostrar que no se ha conseguido nada. Que todo sigue igual. Gracias a Paul Thomas Anderson nos convencemos de que los grupos antisistema son una panda de idiotas aferrados a un panfleto. Mamarrachos idealistas que lanzan soflamas sin sentido y se expresan con estúpidos códigos de la guerra fría. Eso sí, que no falte la marihuana.
Después de ver “Una lucha tras otra” usted tiene más posibilidades de simpatizar con Donald Trump. Porque ya sabíamos que Trump es el gran monstruo fascista. Ya sabíamos la amenaza que supone la ultraderecha. Lo que no sabíamos (porque nadie nos lo había dicho) es que las esperanzas de la izquierda para cambiar el mundo están puestas en un espantapájaros con batín adicto a la marihuana. Una lucha para fumarse un porro tras otro.
No queda claro que Paul Thomas Anderson haya logrado la película que pretendía. Porque más allá de esa sensación de sátira contemporánea (mil veces vista), emerge una inesperada ridiculización de las fantasías de la izquierda. Un evento del todo excepcional que brilla como un verso suelto haciendo sombra a cualquier otra ocurrencia. Eso sí que es un giro de guion y no lo que hace Shyamalan. Una crítica contra la izquierda nos pilla más desprevenidos que el final de “El sexto sentido”. Lo original, por inexplicable, de “Una batalla tras otra” no es su previsible caricatura republicana sino esa afilada burla contra el fanatismo activista, su beligerancia de patio de colegio y su ideología instalada en los mundos de Yupi. El espectador no podrá asegurar si lo que está viendo es una crítica de la izquierda desde la izquierda o los tentáculos de Donald Trump socavando las certezas de una película presuntamente progresista.
Cuando usted vuelva a ver ese molesto helicóptero de la Policía Nacional sobrevolando las azoteas de su barrio entenderá, por fin, lo que busca. Está buscando a Leonardo DiCaprio. El fugitivo en pantuflas. Porque al parecer hay una guerra en las calles. Una guerra del copón. Una guerra invisible que usted y yo ignorábamos. Una guerra de contraseñas obsoletas, códigos absurdos y viejos fusiles cubanos. Una guerra muy rara de monjas negras en lencería atrincheradas en conventos table-dance y clubs de karate clandestinos. Una guerra que nadie ve, pero ahí está. Es una guerra frenética. Alocada. Incluso divertida. Pero muy inútil. El gran secreto de la izquierda (ahora lo sabemos) es que no hay nadie al volante. No hay plan. Gracias a Paul Thomas Anderson por fin conocemos la verdad. Esa verdad, tan necesaria, que Televisión Española y La Sexta tratan de ocultar.





