Cosas que nunca te dije sobre las goteras de mi tejado

Cosas que nunca te dije sobre las goteras de mi tejado

En la mentalidad urbanita (todos nosotros) se ha instalado la idea de que en el campo se vive mejor. Una sublimación del campo como espacio donde todo es paz, salud y alegría. De ahí las frases cursis: “una escapadita al campo”, “voy al campo a desconectar”. Una retórica hipócrita pues nadie quiere vivir desconectado. Las ciudades están cada día más pobladas y donde realmente se producen escapaditas es en los pueblos, cada día más vacíos.

La idea del campo como paraíso no es nueva. Ya en el siglo XVIII se entendía la naturaleza como portal hacia la trascendencia divina. Al menos esa idea tenía profundidad, en cambio la idea actual es superficial, surgida de la vanidad del hombre de ciudad. Una idea narcisista que le pide al campo que los bosques tengan calefacción, que las vacas den leche desnatada y que los tomates tengan puerto usb.

“Un amor”, la nueva película de Isabel Coixet, hace añicos esta idea del campo. La directora nos habla del amor pero sobre todo de ese espejismo de lo rural con el que fantasea la sociedad del bienestar. Isabel Coixet lleva más de treinta años dándole vueltas a eso que llamamos amor. Sus primeras películas, especialmente “Cosas que nunca te dije” y “Mi vida sin mí” actualizaban el género romántico desde una perspectiva juvenil, globalizada y un poco indie. Ya no se trata de amores épicos como “Lo que el viento se llevó”. Coixet reubica el amor en la incertidumbre de lo pasajero y lo nómada. Amores portátiles, que a las puertas del siglo XXI tanto pueden ir como venir, subir que bajar, incluso no ser amor en absoluto. Las películas de Coixet no sólo tratan sobre el amor sino que hablan del amor. En su cine la palabra de compás literario es una presencia constante. Un amor sometido al análisis crítico en el que flota un aire poético de nouvelle vague francesa.

Sin embargo, en esta ocasión, la palabra tiene la batalla perdida. “Un amor” nos muestra un campo frío, plomizo y con pocas ganas de conversación. La directora se distancia de su estilo en un valiente ejercicio de anti-climax. Ni rastro de la dialéctica habitual de sus guiones ni del lirismo juguetón de sus imágenes. Prácticamente no hay en la película ninguna escena de esas que llamamos bonitas. No se trata de mostrar la fealdad del campo, sino algo más sutil, más bien un campo que no es ni chicha ni limonada. Un lugar anodino.

Isabel Coixet, al amparo de la novela de Sara Mesa, ha bordado una radiografía desencantada del campo. Una película triste pero también llena de sarcasmo (impagable la ironía sobre el supuesto arte de unas vidrieras). Desde la mirada inadaptada de Laia Costa, recién llegada una pedanía de La Rioja, entramos en contacto con una vecindad hermética muy alejada de la campechanía folclórica. La protagonista es traductora de idiomas, pero allí el entendimiento se resiste a ser traducido. Un lugar donde el lenguaje, la comunicación, incluso el amor tiene sus propios códigos. En definitiva, un lugar bastante antipático.

Actualmente ni el campo ni el amor son situaciones definitivas. Cogemos el coche, vamos al campo un rato, decimos que es maravilloso pero volvemos corriendo a la ciudad. Con el amor pasa algo parecido. Pero si usted es de los valientes que defienden un amor para siempre o que en el campo se vive mejor no vea esta película.

Perico Gual

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