Hay clásicos que se visitan y otros que se atraviesan. Esta versión de Cyrano de Bergerac, firmada por La Impaciència y Xàfec Teatre, pertenece claramente al segundo grupo: no se limita a actualizar un texto, sino que lo somete a una tensión constante entre luz y sombra, cuerpo y palabra, memoria y presente.
Desde el inicio, la propuesta deja claro que no busca la recreación historicista ni el confort del reconocimiento fácil. El espacio escénico es esencial y evocador, casi un territorio mental: una tarima de madera, varias cajas, vestigios de vestuario siempre visibles, cuerpos que entran y salen de la ficción sin ocultar el artificio. Aquí, lo que no se ilumina no existe; y lo que existe, lo hace con la intensidad de una imagen que queda grabada para siempre en la retina del espectador.
El montaje gira de manera absoluta en torno a Cyrano. No como héroe romántico idealizado, sino como figura profundamente humana: orgullosa, vulnerable, irónica, resignada. Un Cyrano más cercano a la carne que al mármol, más consciente de sus límites que de su leyenda. La lectura dramatúrgica apuesta por la contención y la precisión, confiando en la fuerza de la palabra justa y en la inteligencia del texto para sostener la emoción sin subrayados.
Pero si algo atraviesa de fondo toda la propuesta es una reflexión silenciosa —y profundamente teatral— sobre la dignidad del oficio. En un tiempo donde la escena a menudo se disfraza de exceso o se refugia en la tecnología, este montaje reivindica el valor del actor como eje absoluto del hecho escénico. Tres intérpretes sostienen un universo entero sin trampas, sin red, sin esconder el esfuerzo. Y esa exposición es, en sí misma, una declaración de intenciones.
Rodo Gener construye un Cyrano de una solidez extraordinaria. Su presencia no se apoya solo en la potencia física o en la destreza técnica —que por supuesto no le faltan—, sino sobre todo en una comprensión profunda del personaje. Cada gesto, cada pausa, cada estocada verbal o corporal revela a un hombre que se defiende del mundo con inteligencia y orgullo, pero que acepta la derrota íntima con una dignidad conmovedora. No interpreta a Cyrano: lo respira.
A su lado, Salvador Oliva y Xavi Núñez asumen el reto mayúsculo de encarnar una constelación de personajes sin perder ni la verdad ni la coherencia. Lo admirable no es solo la velocidad del cambio, sino la claridad con la que cada figura aparece ante el espectador. No hay caricatura ni atajo: hay oficio, escucha, precisión y un respeto absoluto por cada rol, por pequeño que sea. En esa entrega múltiple se percibe una ética teatral clara: ningún personaje es secundario cuando se interpreta con verdad.
Especialmente destacable es la encarnación de Roxana a cargo de Xavi Núñez. Lejos de cualquier tentación paródica, su Roxana se construye desde una verdad emocional que cautiva por hipnótica. El trabajo vocal, la contención física y la precisión del gesto consiguen que el personaje aparezca plenamente creíble y humano. La relación con la palabra —escuchada, deseada, necesitada— se convierte en el verdadero motor del personaje, sosteniendo el eje amoroso de la obra con delicadeza y profundidad.
En este equilibrio entre emoción y pensamiento, el humor ocupa un lugar fundamental. No aparece como alivio superficial ni como guiño cómplice al espectador, sino como parte esencial del lenguaje de Cyrano. La ironía, el ingenio verbal y el sarcasmo atraviesan la escena con una eficacia notable, generando momentos de risa franca que no rompen la tensión dramática, sino que la refuerzan. El público ríe, sí, pero lo hace desde la inteligencia del texto y la precisión del ritmo, consciente de que cada chispazo cómico encierra también una herida que late en la piel del conflicto.
La dirección escénica de Luis Venegas articula todos los elementos con una notable coherencia visual y rítmica. La música en directo no acompaña: dialoga. Crea atmósferas, marca pulsaciones emocionales y refuerza la sensación de riesgo vivo, de teatro que sucede aquí y ahora. La escena se convierte así en un organismo activo donde texto, sonido y movimiento respiran al unísono, recordándonos que el teatro es un irrepetible arte del presente.
Especial mención merece también el tratamiento de la esgrima. Lejos de ser un mero alarde técnico, el combate se integra como lenguaje dramático. Cada estocada prolonga el carácter del protagonista: ingenio, elegancia, desafío. La célebre escena del duelo-poema se convierte en una síntesis perfecta de lo que propone el montaje: acción y pensamiento, músculo y verso, ironía y verdad. Aquí la técnica no busca lucirse, sino servir al relato.
Visualmente, la obra construye un universo donde las sombras adquieren un protagonismo casi narrativo. Son ejército, miedo, deseo y prejuicio. Multiplican los cuerpos, sugieren batallas imposibles y expanden la escena más allá de sus límites físicos. Esta poética de la penumbra apela directamente a la imaginación del espectador, convirtiéndolo en cómplice activo del relato.
En conjunto, este Cyrano no busca agradar desde la leyenda, sino conmover desde la honestidad. Habla del honor, del amor no dicho, de la dignidad de mantenerse fiel a uno mismo incluso cuando el precio es la soledad. Y lo hace sin renunciar al humor, entendiendo la risa como una forma de lucidez y resistencia.
La Impaciència y Xàfec Teatre firman así un montaje que no solo revisita un clásico, sino que reivindica una manera de estar en escena. Un teatro donde el riesgo es real, el trabajo es visible y la dignidad del oficio se defiende sin concesiones.
Ojalá el recorrido de esta obra sea al menos tan grande—no se me ofenda, Cyrano— como la nariz de su protagonista: les recomiendo que no se la pierdan











