Desplumando a los indios

Desplumando a los indios

En el cine de Scorsese todo el mundo hace bastante el indio, así que es normal que el director se haya decidido a tratar el tema directamente. Hace el indio el protagonista de “Taxi driver” con esa cresta de estilo mohicano y también hacen mucho el indio la desquiciada pandilla de corredores de bolsa en “El lobo de Wall Street”, que tienen por costumbre entonar un canto de guerra durante sus operaciones financieras.

“Los asesinos de la luna” es, por encima de todo, una película comprometida con el pueblo indio. Su principal objetivo es la denuncia de los abusos a los que fue sometida la tribu Osage, en cuyas tierras el petróleo corría a mares, durante la fiebre del oro negro. Para ello Scorsese se pone serio y rebaja el tono buscando el clasicismo en una película donde, curiosamente, nadie hace el indio. Una película sobria en la que no queda ni rastro de esos personajes histriónicos tan propios de su cine como tampoco de su habitual ritmo frenético. Si existen dos Scorseses, uno gamberro y otro solemne, “Los asesinos de la luna” formaría parte de las películas transcendentes del director donde no hay espacio para el sarcasmo. Un sarcasmo que no convencía a los descendientes de la tribu Osage, que pusieron reparos para aceptar a Scorsese como director, pero que se convencieron después de ver la profundidad religiosa de su película “Silencio”. Sin embargo “Los asesinos de la luna” tampoco resulta excesivamente espiritual. No hay en ella una profunda exploración de las costumbres del pueblo indio. El resultado es una película que habla, no tanto del pueblo indio, sino de la maldad del hombre blanco.

El gran error de la película es que a medida que avanza no genera interés. Algo falla en el punto de vista. No hay que olvidar las complicaciones del rodaje, interrumpido por la pandemia mundial del Covid. Durante ese tiempo el argumento sufrió numerosos cambios que perjudicaron la narración. Por ejemplo, en el primer borrador del guion Leonardo DiCaprio debía interpretar al investigador del FBI encargado de los asesinatos. Un personaje clave que descubre demasiadas muertes accidentales entre los Osage. Sin duda esa propuesta hubiera despertado más emoción y suspense. Pero DiCaprio rechazó ese papel y finalmente el punto de vista se centra en la relación entre el maquiavélico terrateniente (Robert Deniro) y su mezquino sobrino (DiCaprio). Una desafortunada elección que obliga a Scorsese a jugar al escondite con el espectador para mantener la incertidumbre. El director fuerza elipsis y escamotea información para no mostrar todas sus cartas. No es difícil perder el hilo entre los numerosos personajes, muchos de ellos mal presentados y poco definidos. En definitiva, una narración bastante confusa.

“Los asesinos de la luna” es desmesurada en todos los sentidos, empezando por su duración ridículamente desorbitada. Una película, sin embargo, de calidad indiscutible. Hay que reconocer su impecable puesta en escena, recreando con todo detalle aquella América pionera. Una película ambiciosa de resultado fallido, encorsetada por un guion manoseado en exceso y un rodaje farragoso. Pese a todo huele a Oscar. Nada mejor para ganar el corazón de la Academia que esos indios pacíficos, que soportaron el terror en silencio, sin pinturas de guerra ni flechas.

Perico Gual

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