El aburrimiento que vino del frío

El aburrimiento que vino del frío

Un nórdico además de un edredón es un tipo de ser humano de tez pálida y ojos claros. Lo de llamarle nórdico al edredón es una cursilada nueva, porque antes un nórdico era, simplemente, una persona del norte. En fin, hace ya un tiempo comentaba en esta sección lo raros que son los chinos, pero los nórdicos también tienen lo suyo. Los nórdicos son claros de piel y hasta ahí llega su claridad porque en realidad son bastante herméticos. Ser hermético es muy útil cuando vives en un país donde poner un pie en la calle significa morirse de frío. Me refiero a morirse de verdad. De hecho reconocemos a un nórdico porque cuando sale el sol monta una fiesta. Para un nórdico ver el sol es como para un señor de Albacete contemplar un oso panda. Allí donde brilla un rayo de sol hay un nórdico debajo con los ojos plácidamente entornados y una copa de vino en la mano. A través del sol los nórdicos recargan energía, una necesidad que les exige estar parados un buen rato. Los nórdicos son los coches eléctricos de la especie humana.

Gracias al cine también hemos conocido que los nórdicos son aburridos. Fue el director sueco Ingmar Bergman quien convirtió el tedio en una forma de martirio artístico que fascinó a los intelectuales. Las películas de Bergman estaban llenas de caras. Caras de frente, de perfil o una junto a la otra. Caras como planetas de porcelana, con expresiones congestionadas, tristes o asombradas. Los personajes de Bergman se tocaban las caras con los dedos, sus propias caras o las caras de otros. Las manos buscaban las caras, como los ciegos cuando tantean un objeto para identificarlo. Aquellos rostros enormes, en primerísimos planos, recitaban soliloquios aburridísimos sobre la existencia, hablaban bajito y para colmo lo hacían en sueco. Bergman nos vino a decir que los suecos estaban un poco amargados.

Años más tarde llegó Michael Haneke. En sentido estricto Haneke no es nórdico pues nació en Austria, un país al norte de casi todo, pero al sur de Alemania. Para un austriaco es esencial estar por encima de Alemania, aunque geográficamente estén debajo. Haneke nos trajo la violencia de la Europa civilizada. Una violencia fría y en ese sentido bastante nórdica. La violencia de Haneke era de color blanco. Los psicópatas de “Funny games” eran dos chavales de modales impolutos. Muy educados. Ambos llevaban guantes blancos, como si las ganas de matar les hubieran pillado jugando al golf. En esos guantes se concentraba la pulcritud y la limpieza de una perversión planificada. Había en el ambiente un mal rollo orquestado con inteligencia y buenas formas. La metáfora con el nazismo era evidente. Años más tarde Haneke dirigió “La cinta blanca” donde el nazismo ya no era una simple metáfora.

El director Joachim Trier es noruego y su nueva película “Valor sentimental” es genuinamente nórdica. Bascula entre la tristeza de Bergman, la violencia contenida de Haneke y el aburrimiento escandinavo. Hay en la película muchas cosas de color blanco: paredes, blusas, incluso un niño con el pelo blanco. Se respira un aire doméstico de casa bonita, pero todo es un poco soso, como un mueble de Ikea. No ayuda que los protagonistas hablen poco. Llega un señor mayor a la antigua residencia familiar, allí están sus dos hijas, pero ni se miran. En la casa hay mucha gente, al parecer están allí reunidos con motivo de un funeral. El director no se esfuerza mucho en contarnos lo que ocurre. Resulta que es el funeral de la esposa del señor (madre de las dos chicas) y se intuye que no se llevan bien. Es una escena que esconde un drama familiar latente, pero como todo es muy nórdico no nos enteramos de nada. La economía narrativa y las pocas ganas de explicar las cosas son una constante argumental de una película donde el espectador tiene que ir descifrando el hermetismo nórdico.

La película es aburridísima, pero le pongo ganas. Hago esfuerzos por darle forma a un argumento apenas esbozado en gestos, miradas y flashbacks que se presentan de repente como la piedra de toque argumental. Unos flashbacks que hablan de campos de concentración y persecución nazi. Pero todo es inútil, a mitad de película me rindo a la evidencia de que he perdido el interés. No me interesan los traumas de esa familia. No me conmueven. No me identifico.

“Valor sentimental” tiene una particularidad que ayuda a distinguirla de un vulgar telefilm de domingo. Un toque vanguardista. Me refiero a la idea del cine dentro del cine. El protagonista es director de cine y está trabajando en un nuevo guion. La película juega al despiste intercalando escenas de dicho rodaje, escenas que se confunden con la diégesis narrativa.

“Valor sentimental”. Es una de las favoritas en los próximos premios Oscar. Todo el mundo habla maravillas de la película. No es mi caso, así que el problema debe ser mío. Yo soy de los que se aburre con las películas de Ingmar Bergman.

Perico Gual

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