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El culo de Robert Redford carece de interés

El culo de Robert Redford carece de interés
El culo de Robert Redford carece de interés

Brad Pitt está todo bueno. Así se expresarían las chicas de la generación milenial para referirse al actor. Se expresarían así si lo conocieran, porque las chavalas de hoy en día no tienen ni puñetera idea de quién es Brad Pitt. La generación milenial ignora con orgullo todo lo que ha ocurrido antes de que nacieran. Un argumento que no ayuda a que parezcan inteligentes. – ¿Los Reyes Católicos? Ni puta idea bro, yo no había nacido – Para la juventud milenial el mundo lo creó Bad Bunny en seis días y al séptimo descansó en una piscina llena de culos. Como lo oyen, culos. Gluteos femeninos planetarios a remojo en una piscina de Miami. Pero ese es otro tema.

Ha muerto Robert Redford. Ahora diríamos que estaba todo bueno. Pero bien mirado no es una definición acertada. Hay en ella algo demasiado físico. Una expresión en la que se mezcla la jerga de gimnasio con un paquete de condones. Estar todo bueno nos hace pensar en abdominales y culos prietos. Porque ahora los culos de ellos también gustan.

Robert Redford pertenece a una generación de guapos en la que el culo, por fortuna, todavía no era importante. La belleza de Redford no ha sido nunca la de Brad Pitt ni mucho menos la de Tom Cruise. En su magistral radiografía sobre el Hollywood de los años setenta, el periodista Peter Biskind señala que los años ochenta inauguraron una nueva belleza de masculinidad amanerada. Un cine de estética gay para consumo heterosexual. Fue la década de pectorales untados en aceite, los rambos hasta las cejas de esteroides y como guinda del pastel ese partido de boley-playa de “Top Gun” de torsos sudados al sol.

Definitivamente la masculinidad no es lo que era. Algo se ha perdido. Tom Cruise es guapo pero en cualquier momento puede saltar de la cama y salir por una ventana para salvar el mundo. Brad Pitt está todo bueno pero es imprevisible. En un día bueno puede ser todo un caballero pero si le pega un viento puede liarse a porrazos con un bate de beisbol. Un guapo descontrolado pierde encanto.

La serenidad era una de las grandes virtudes de los guapos de antes. Los galanes eran más toreros. Tenían templanza, controlaban la situación. Robert Redford transmitía serenidad. Su mirada hubiera sido capaz de relajar a Irene Montero en mitad de un arrebato feminista. Robert Redford mantenía el tipo incluso en las situaciones más adversas. Lo quería matar la CIA en “Los tres días del condor” y todo el ejército boliviano en “Dos hombres y un destino”, pero él continuaba sereno.

Su rostro era atractivamente imperfecto. Ya de joven tenía la piel gastada y sus demasiadas arrugas le surcaban la cara como un mapa de isobaras que siempre anunciaba buen tiempo. No era de mucho hablar. No pasará a la historia por sus grandes diálogos. En “Memorias de África” era un fantasma apoyado en la barandilla del porche, siempre a punto de marcharse en avioneta. De sus papeles recordamos sobre todo esa mirada tranquila que era como contemplar la línea del horizonte de un mar en calma. Eso mismo debió pensar el director J.C. Chandor cuando lo eligió como protagonista único en “Cuando todo está perdido”. Una aventura oceánica sin ningún diálogo donde Redford tenía que sobrevivir en un velero a la deriva. Una magnífica película que enfatizaba la virtud de la templanza. Un papel perfecto en uno de los últimos trabajos del actor y que bien hubiera podido ser una magistral despedida.

Redford ha muerto mayor y en la cama como queriendo demostrar que su serenidad no era una pose. En los años setenta hubo un momento glorioso donde las dos miradas más penetrantes del cine confluyeron a la vez en la pantalla: Robert Redford y Paul Newman en un tandem de perfecto equilibrio emocional. Fueron los últimos galanes serenos y desde entonces todo el mundo está de los nervios. A los actuales guapos de Hollywood les falta un hervor y el tema de la salud mental inunda las tertulias televisivas. Será casualidad.

Perico Gual

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