Todo empezó con la visita del Papa, luego vino la victoria del Mundial de fútbol y ahora nos ha tocado el eclipse. Hay españoles que, desde junio, han ido empalmando celebraciones y todavía no han vuelto a su casa. Nos va a costar recuperar la normalidad después de un verano lleno de acontecimientos trascendentes. Costumbres rutinarias, como estar en la cocina comiendo un yogur, nos parecerán poca cosa. Sufriremos el síndrome de la apoteosis. ¿Qué será lo próximo? Nuestro cuerpo nos pide un septiembre nivel Godzilla.
Bromas aparte debo admitir que el eclipse ha valido la pena a pesar de todo. A pesar de las masificaciones, a pesar de la histeria por usar las gafas para eclipses, incluso a pesar de la histeria por dejar de usar las gafas para eclipses porque no eran las buenas.
En apenas dos meses la realidad ha superado la ficción tantas veces que la mejor película parecía proyectarse fuera de los cines. A fin de cuentas la cartelera estival siempre es un páramo que nos obliga a elegir entre “Los minions” o el cine francés. No es una decisión fácil si no eres francés. La última película que he visto se llama “El síndrome de Rembrandt” que a la vista de su delirante argumento es genuinamente francesa. La sinopsis habla de centrales nucleares y de Rembrandt, una mezcla que sólo puede salir de la cabeza de alguien que ha leído demasiado.
Hay películas malas y películas mal hechas. Hay películas que valoramos como malas porque no nos han gustado. Pero las películas mal hechas son otro cantar y sus defectos no tienen nada que ver con nuestra subjetividad. Una película mal hecha no tiene disculpa. Las películas mal hechas son aquellas que no logran su objetivo. No consiguen ser lo que quieren ser. Hablando mal y pronto: están hechas con el culo.
«El síndrome Rembrandt» no se entiende. La película quiere contarnos cosas importantes sobre la energía nuclear y el clima. Pero no desde el entretenimiento sino desde honduras existenciales. La película fluye con un ritmo demorado de estilo «nouvelle vague». Hay tiempos muertos. Escenas de una central nuclear. Grandes chimeneas. Luego el cielo. Luego un pajarito en una rama. El director quiere que pensemos en bosques. La película aspira a ser «El desierto rojo» de Antonioni pero peor.
Aunque no entendemos nada, intuimos que el meollo de “El síndrome Rembrandt” es el cambio climático. Pero no el cambio climático habitual, el de los calores extremos, sino un cambio climático a contracorriente. La película despliega un batiburrillo de hipótesis inesperadas. Entre ellas la que explica que el futuro del clima no será el calentamiento global sino una congelación a lo bestia. Toda una provocación a la ortodoxia científica. La película va lanzando teorías que parecen una bofetada contra los documentales de Al Gore, como la que ilustra lo bonita que será la vida natural cuando se derritan los glaciares.
El resultado divaga entre la divulgación científica y los vagabundeos de la protagonista, una señora que camina sin zapatos, pero no sabemos a dónde va…ni nos importa. Lo que parecía empezar como una aventura al estilo de «El código Da Vinci», con secretos de palacio, termina como una proyección de diapositivas en una reunión de profesores de secundaria.
Pero olviden todo lo anterior. El verdadero aliciente para el espectador, todo un eclipse de la lógica, es lograr entender la relación entre unas pinturas de Rembrandt con el asunto del cambio climático. Eso sí que es una pirueta narrativa.










