El metaverso está enladrillado

El metaverso está enladrillado

La palabra de moda es metaverso. Esa abstracción sobre realidades múltiples y futuros alternativos. Nadie sabe muy bien lo que significa, lo que importa es que es un concepto rabiosamente actual. Todo el mundo quiere incluir el metaverso en sus charlas. La palabra metaverso la dice el ingeniero pero también el taxista, la dice el panadero pero nadie entiende nada. Cuando la celebrity Tamara Falcó quiere confirmar a los medios de comunicación que la ruptura con su novio es definitiva lo jura por el metaverso. Lo hace ante decenas de periodistas, con la solemnidad de una audiencia papal. Tamara, siempre en la cresta de la ola, menciona el metaverso para dar a entender que la cosa va muy en serio. Pocos meses después Tamara volvió con su ex-novio. Una circunstancia que no sólo demuestra su veleidad, sino sobre todo la poca verdad que garantiza el metaverso. En otras palabras: el metaverso es la gran mentira futurista. Una mentira muy oportuna, a la medida de una sociedad que vive inmersa en la falsedad de las redes sociales.

Como no podía ser de otra forma el cine se ha hecho eco de este nuevo paradigma científico. El año pasado los premios Oscar reconocieron como mejor película “Todo a la vez en todas partes”, un carnaval estrafalario de viajes temporales con estética de restaurante chino. Pero son las series de televisión las que, actualmente, controlan el mercado de la idiotez vanguardista. En las grandes plataformas el argumento del metaverso se está haciendo más pesado que una fabada asturiana.

Los adictos a las entelequias que no tuvieron suficiente castigo con “Lost” ahora pueden disfrutar con “Cadáveres”. Una serie de producción inglesa que mezcla la oscuridad de Allan Poe con el policiaco de Conan Doyle, pero sobre todo el viaje temporal como hilo conductor. Así como avanza la serie todo me va recordando a ese galimatías metafísico llamado “Dark”. Una serie alemana que empezó bien pero que se alargó hasta el absurdo. “Cadáveres” arranca con un asesinato. Concretamente un cadáver desnudo y tendido en una neblinosa calle de Londres. Nada raro si no fuera porque ese cadáver aparece en el mismo lugar, en el mismo momento, en cuatro épocas diferentes: 1890, 1941, 2023 y el futuro.

Todo muy misterioso y paranormal, pero es en el tercer capítulo cuando se produce el fenómeno más insospechado. El policía encargado del caso en 1890, que hasta ese momento parecía un señor felizmente casado y padre de una niña, resulta ser un homosexual reprimido. Se da el caso de que durante la investigación conoce a un apuesto periodista que le ayuda en sus pesquisas y de paso despierta su sexualidad oculta. En fin, un giro de guion más cercano a la prensa del corazón que a los asesinatos. ¿Era necesario incluir, en un thriller futurista, una línea argumental de amor homosexual?

En los años 80 casi todas las películas incluían una escena de cama. No importaba el argumento que tarde o temprano el protagonista y la chica hacían el amor frente a la chimenea o en una cama de sábanas perfectas. Eran otros tiempos. El objetivo no era únicamente aumentar la taquilla, había algo más. Hollywood quería demostrar que había superado el moralismo puritano del senador McCarthy. El cine había conquistado una sexualidad desprejuiciada que ahora se incorporaba con naturalidad al argumento. Se le daba al erotismo estatus de normalidad en una sana mudanza que trasladaba el sexo desde las ciénagas del cine porno al cine convencional. Pero aquellas escenas no eran normales en absoluto. Eran de una artificiosidad muy exagerada. El paso del tiempo ha evidenciado su ridiculez y como espectadores las contemplamos hoy con un poco de vergüenza ajena. Hablando claro: son un rollazo.

Ahora la historia se repite al amparo de las nuevas corrientes sociales LGTBI. El siglo XXI apuesta por la diversidad de género, así que en las películas y las series aparecen romances homosexuales hasta debajo de las piedras. Una visibilización justificada por una supuesta urgencia pedagógica de carácter inclusivo. Dicho en otras palabras: si en los años 80 se pretendía dar normalidad al sexo heterosexual, ahora se quiere dar normalidad al sexo homosexual. Bienvenida sea una normalidad, por otra parte, ya conseguida en las sociedades desarrolladas (y me refiero únicamente a las sociedades desarrolladas). Ahora bien, como ya ocurrió con el erotismo de los años 80, muy probablemente el paso del tiempo remarcará todo lo que hay de artificial en esta visibilización LGTBI y la contemplaremos con similar sonrojo.

Perico Gual

Perico Gual

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