No siga leyendo. Este artículo va de cine chino. Si hay algo en las antípodas de un verano en la playa es el cine chino. Siento cortar el rollo. Cortar el rollo no, ahora se dice off topic. Los cursis de la modernidad me agradecerán la matización.
Los chinos, ay los chinos. Tan lejos, tan cerca. A pesar del entusiasmo igualitario fruto del espíritu democrático que llena nuetros corazones, no nos engañemos, los chinos siguen siendo raros. Víctimas perfectas del tópico y del chiste fácil. Durante mucho tiempo han sido vistos como un pueblo malvado. La Europa colonial del siglo XIX los tachaba de violentos y vengativos como así quedan descritos en películas como “El ladrón de Bagdad” (1926) o en personajes novelescos como el terrible Fu Manchú. Por no hablar de la famosa tortura china, que nadie sabe muy bien lo que es, pero que de manera inmediata asociamos con algo muy chungo. Mi abuela siempre decía que los chinos eran taimados. Tampoco sabemos muy bien lo que significa taimado, pero no suena bien. Por el tono de voz de mi abuela quedaba claro que los chinos no eran de fiar.
El cine chino es relativamente joven. Prácticamente desconocido hasta los años noventa del siglo pasado. La muerte de Mao Zedong y el final del ostracismo comunista abrió las puertas a un cine libre encabezado por directores como Zhan Yimou y Chen Kaige. Sus películas fueron las primera en llegar al público occidental. La llamada Quinta Generación del cine chino fue una auténtica revolución. Un cine que rememoraba una gloriosa tradición imperial pero que al mismo tiempo señalaba injusticias. El triunfo de aquel movimiento llegó con “Tigre y dragón” la oscarizada pelicula de Ang Lee que se convirtió en un fenómeno mundial.
De unos años a esta parte una nueva generación de jovenes directores chinos parece más interesada en la actualidad que en el pasado de su país. Un cine que se despoja del artificio folclórico y pone el foco en el presente, con un estilo crudo y áspero. Desde “Naturaleza muerta” de Jia Zhangke sabemos que China es un páramo desolado donde todo esta mal. Oxidado. Torcido. Los arquitectos del comunismo lo dejaron todo a medio hacer. El cadáver de una utopía.
A nuestros cines han llegado dos fantásticas películas que son ejemplos perfectos de esta nueva sensibilidad: “A la deriva” y “Black dog”.
A la deriva
Jia Zhangke es sin duda el artífice de un nuevo cine chino. A él le debemos una radiografía enfermiza de la China contemporánea. Un país que agoniza bajo el interminable ocaso del comunismo. Un país sometido durante décadas a una planificación delirante que ha sembrado su geografía de auténticas aberraciones urbanísticas. El cine de Jia Zhangke es una travesía anticlimática por el reverso turistico de una China en ruinas. Una mirada que bascula entre el realismo sucio y una poética del abandono que nos remite a los naufragios arquitectónicos de Andrei Tarkovski.
“A la deriva” vuelve al escenario preferido del director. Ese paisaje colosal y apocalípticamente wagneriano de Las Tres Gargantas. Una confluencia de aguas turbulentas y acantilados del Rio Yangtsé. “A la deriva” es una historia de amor pero tardamos en darnos cuenta. Zhangke complica las cosas en una pelicula muy empeñada en no explicar nada. El director parece animar al espectador a que fuerce su intuición. Se suceden los personajes sin presentación. No hay quien se aclare en un repertorio de momentos inconexos: una mujer mirando al infinito desde la proa de un ferry fluvial. Un hombre con un carrito en un mercado de abastos. Un grupo de jubiladas coreando canciones populares en una nave industrial.
“A la deriva” no es una película fácil. Zhangke parece divertise con ese tono experimental tan del gusto de la nouvelle vague. Una película vagabunda y errática cuyo romance fracasado parece más bien una excusa para hablar de los pasos perdidos. De los estragos del tiempo en esa China abandonada y extraña.
Black Dog
Ha sido más fácil llegar a la Luna que a China y “Black dog” es la prueba. Rodada en el norte de China, cerca del desierto de Gobi, eso dicen. Pero si nos dijeran que aquello es Marte sería más verosímil. El director Guan Hu, (sin duda discípulo de Jia Zhangke) nos lleva hasta el fin del mundo, allí donde todavía no ha llegado el turismo idiota de Instagram. Una vez allí comprobamos los estragos de una bomba ideológica que arrasó con todo. “Black dog” nos confirma que el comunismo ha convertido China en una marcianada. Efectivamente China es el planeta rojo. Un país a la deriva a la altura de “Mad Max”.
Por si no fuera suficiente con ese mundo que siendo real no lo parece, llega Guan Hu y le añade poesía. Esa bolsa del Eroski danzando en el aire, un angel vagabundo tan perdido como el país. Esos perros fantasmales entre las ruinas. Los perros abandonados siempre son una señal de que algo no va bien. Una metáfora de decadencia política. Vimos a estos mismos perros en la violencia mexicana de “Amores perros”. En la Hungría comunista de “White god”, incluso en el fiel y animoso Flike de “Umberto D”. Y luego está Pink Floyd. Un susurro invisible que acompaña al protagonista. Pink Floyd se asoma sin querer a la pantalla y lo hace discretamente en una melodía silbada, en una pegatina, en un poster clavado en la pared. Pink Floyd es la silenciosa resistencia del héroe.
Si usted quiere viajar este verano, quédese en casa y vea “Black dog”. Descubrirá un lugar donde no ha llegado Airbnb. Sentirá la misma extrañeza que debieron sentir los exploradores coloniales. Si quiere conocer paisajes indómitos no haga cola en parques jurásicos. Si quiere desiertos místicos no se conforme con “Sirat”. Si quiere muertos vivientes olvide a Danny Boyle. “Black dog” es la película del año. Un paisaje fascinante en la cara oculta de la Luna.









