En la India todo es buen rollito

En la India todo es buen rollito

“La India ha cambiado mi vida. Viven en la miseria, pero son felices. Por cierto no os perdáis la puesta de sol en Benarés”. Sin duda muchos de ustedes han escuchado esta frivolidad más de una vez. Tal vez ha sido usted el último en decirla. Mientras la religión católica cae en desgracia el misticismo se apodera de Occidente. Ahora la gente decora sus casas con bustos de Buda, habla sobre chakras y maneja palitos de incienso con la soltura de un monje tibetano.

A pesar de su aparente profundidad el fanatismo oriental evidencia, no tanto un fervor religioso, sino la superficialidad de Occidente. Nada confirma con más fuerza el triunfo del capitalismo como esas imágenes de Buda que compramos en IKEA.

La ciencia ha desterrado la religión, pero el mundo sigue necesitando agarrarse a algo y la espiritualidad oriental parece un buen apoyo. Seguimos buscando respuestas y un lugar donde aparcar el alma, los chakras, el chi o lo que sea. A las puertas del nuevo siglo el director inglés Daniel Boyle se hizo eco de esta nueva espiritualidad con dos películas: “La Playa” y “Slumdog Millionaire”. Una espiritualidad sincrética, individualista y no dogmática, construida a la medida del hombre globalizado del primer mundo.

El protagonista de “La playa”, interpretado por Leonardo DiCaprio, descubre el modo de acceder a una remota isla paradisíaca, donde habita una comunidad organizada en perfecta armonía al margen de la civilización. Pero el asunto se va torciendo pues la comunidad no era ni tan organizada ni tan armónica. Una película que anticipa el concepto de viaje contemporáneo, aquel que no aparece en las guías y que persigue ese espejismo espiritual con el que fantasea Occidente.

En “Slumdog Millionaire” Danny Boyle vuelve al orientalismo pero en sentido inverso. Si en “La Playa” nos mostraba el paraíso desde los ojos de un occidental, en “Slumdog Millionaire” el paraíso somos nosotros, es decir el mundo desarrollado. Un grupo de niños de los suburbios de Bombay sueña con salir de la pobreza y para ello participa en un famoso concurso de la televisión que ofrece un premio millonario. La película ganó varios Oscar y los niños protagonistas acapararon la atención mediática por su inocencia y autenticidad. De hecho algunos de ellos eran realmente niños de la calle. Uno de aquellos niños era Dev Patel.

Dev Patel, el chaval larguirucho de “Slumdog millionaire” se ha hecho mayor y se ha convertido en una estrella de Hollywood. Ahora se estrena como director con “Monkey Man”, una violenta película sobre la India, un país que en manos de Patel nada tiene que ver con la alegría de Bollywood. A primera vista “Monkey Man” parece otra película de venganza y artes marciales pero es mucho más que eso. Hay en la película un agresivo mensaje que nos habla de la furia de todo un país.

Enfundado en su máscara de Dios Mono, Dev Patel (también protagonista) deja atrás su imagen de chico bueno para interpretar a un luchador atormentado que reparte estopa en peleas clandestinas. Pero su lucha va más allá del cuadrilátero. Patel lanza porrazos contra la corrupción política, pero sobre todo contra los tópicos occidentales que han construido una visión infantil de la India. En “Monkey Man” la India es un país cabreado y oscuro muy alejado del colorido festival de especias que nos vende Instagram. “Monkey Man” nos deja claro que los indios no están riendo todo el día, ni regalando a los turistas bendiciones namasté

Perico Gual

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