Esencia de Teatro

Esencia de Teatro

Esencia, una coproducción del Teatro Español y Entrecajas Producciones Teatrales, se presenta sin estridencias en el Teatro Principal de Palma, como una conversación cualquiera entre dos amigos… Y sin embargo, poco a poco, revela una honda grieta bajo las palabras de los protagonistas. El misterio se construye precisamente sobre esa grieta: la de la verdad cuando empieza a resquebrajarse.

Pierre y Cecil —Juan Echanove y Joaquín Climent— son dos viejos amigos que se encuentran casualmente en un restaurante después de mucho tiempo sin tener noticias el uno del otro. La conversación entre ambos se construye en torno al enigma de un escritor al que Cecil ha de entrevistar pero cuya verdadera identidad nadie conoce. ‘Esencia’ se convierte así en una una suerte de thriller que consigue los espectadores nos veamos envueltos en la tarea de ir quitando velos al personaje interpretado por Echanove, de quien nos lo creemos todo a sabiendas de que quizás no deberíamos creernos nada.

O quizás sí.

Eso no llegaremos a saberlo nunca porque la verdad, con su naturaleza escurridiza, se queda en el territorio de la ficción: y el territorio de la ficción pertenece a los dioses; como espectadores y simples mortales disfrutamos de nuestra pertenencia al club de militantes en el camino de la duda metódica. Y persiguiendo subsanar esa duda metódica la maestría  de Ignacio García May—dramaturgo enorme— nos atraviesa, nos concierne y nos convierte en sabuesos asolados por el urgente deseo de acceder a lo incognoscible, convertido ahora en materia incuestionable de teatro. 

El montaje se sostiene sobre una arquitectura escénica contenida. Todo parece dispuesto para que el diálogo vehicule el verdadero movimiento dramático. La dirección ordena el espacio con sobriedad y deja que la escena respire sin urgencias, sin el dictado contemporáneo de la liquidez, tratando de que cada frase encuentre su peso exacto antes de caer en el silencio del enigma.

La sobriedad escénica incide en que el encuentro entre los dos personajes nos parezca un territorio de sospecha, de pequeñas revelaciones que no nos llevan nunca al descubrimiento de la identidad del protagonista, pero que nos convierten como espectadores en cómplices a la búsqueda de una respuesta pertinente que sacie nuestro innegociable deseo de saber. Llega un momento en que todos somos Cecil y deseamos descubrir con urgencia quién es ese escritor que lo ha citado para concederle una entrevista. Todos queremos presenciar esa entrevista: y jamás sabremos —oh milagro—si la hemos presenciado o no.

La función avanza así como una indagación persistente. Las palabras se cruzan, se corrigen, se matizan. Cada afirmación parece esconder una segunda intención. Y el espectador se descubre escuchando no sólo lo que se dice, sino también lo que permanece en la sombra de lo dicho: en esta arquitectura del enigma, Eduardo Vasco, desde la dirección, se convierte en la diestra mano que mece la cuna.

En ese clima de duda emerge Juan Echanove, que sujeta el centro emocional de la obra con una verdad poco común en los tiempos que corren. En la línea de los grandes cómicos de nuestra lengua—léase Juan Diego, léase Rafael Álvarez “el Brujo”…—Echanove se convierte en piedra filosofal de la interpretación: no es solo su dicción impecable. No es solo su presencia física, que a mis ojos—y a los ojos de toda una generación— lo convierte en icono. No es solo su consolidada trayectoria… Es un no sé qué que lo ha traído hasta aquí: Juan Echanove podría ser el guapo y e feo, el tonto y el listo, el galán y el criado, el caballero y la dama… Tengo esa certeza. Y pocas veces un actor me suscita esta reflexión que me ancla al teatro como a un mapa del tesoro donde intérpretes como él nos dan las pistas necesarias para continuar en la búsqueda.

Justo es aquí también destacar la réplica perfecta de Joaquín Climent, que mantiene el pulso dramático echado por Echanove con solvencia y oficio.

El resultado es un teatro que confía, por un lado en lo esencial: la palabra, la escucha, el tiempo interior de los actores… Y por otro en el texto, agarrándose a él para crecer, arrojándonos al territorio de la palabra dicha por uno de los dramaturgos más importantes de nuestra literatura dramática : Ignacio García May. Porque el teatro también es literatura, y obras como esta reivindican esa pertenencia, tan olvidada a veces en las listas de libros más importantes difundidas por  grupos mediáticos interesados y ciegos.

Antonio Miguel Morales

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