Probablemente usted sabe quién es Kim Kardashian, o por lo menos ha oído hablar de ella. Kim Kardashian es objeto mundial de deseo. Quien más quien menos ha fantaseado con ella, las mujeres por unos motivos y los hombres por otros. Kim Kardashian es lo que ahora se denomina una “celebrity”, un neologismo hortera que define la popularidad conseguida a través de las redes sociales. Una fama vulgar y obscenamente banal. Nadie sabe a ciencia cierta el motivo de la fama de Kim Kardashian, pues no canta ni baila y desde luego no ha descubierto la penicilina, pero es lo de menos, lo importante es que Kim Kardashian es sexualmente atractiva y millonaria.
Desde hace años Kim Kardashian y sus hermanas tienen su propio programa de tele-realidad que va siguiendo su alto tren de vida. La televisión entra semanalmente en su mansión de Los Ángeles para dar testimonio de sus penas y sus alegrías. Las Kardashian van a la peluquería, se hacen la manicura o compran un coche deportivo.
Kim Kardashian pertenece a ese nuevo olimpo de la vanidad adictos a la exposición mediática y cuya única religión es el dinero. Lo peor de esta élite de la banalidad no es que sean multimillonarios sino su vacía concepción de la vida, construida a base de estereotipos sobre el lujo, el ocio y la felicidad.
Cada vez son más los programas y películas que hablan de un nuevo paradigma del deseo basado en la conquista del placer perpetuo. El exceso de comodidades de la sociedad del bienestar está infantilizando nuestra conducta. Vivimos demasiado bien, somos cada vez más caprichosos y exigimos la satisfacción inmediata. Antes los chavales querían ser adultos. Crecer y tener responsabilidades. Ahora se prefiere la inmadurez de una adolescencia perpetua. El síndrome de Peter-Pan.
“Anora” la última película de Sean Baker es un retrato agridulce de esta nueva utopía global del placer. Un cuestionamiento sobre la felicidad entendida como artificio. En “Florida Project”, una película anterior del director, Disney World era el paraíso inalcanzable para una niña que vive a escasos metros de dicho parque de atracciones. En general el cine de Sean Baker se construye desde un realismo naturalista que anhela el cuento de hadas.
En “Anora” el pulso entre realidad y fantasía se traduce en el choque generacional entre la adolescencia y la madurez. Un choque entre la fugacidad del disfrute juvenil y la permanencia de la tradición de nuestros mayores. “Anora” es el “Esplendor en la hierba” de la era del Tik-Tok. Una película triste y a la vez divertida que supura un humor tenso, siempre a punto de convertirse en drama. “Anora” nos habla de la imposibilidad de la inocencia en un mundo egoísta. De la sordera emocional que provoca vivir en una fiesta sin fin. Una película que desde la caricatura nos coloca en el reverso de ese ideal narcisista que promociona Kim Kardashian. Allí donde fracasó Paul Verhoeven con su “Showgirls” acierta Sean Baker con “Anora”.

