En los últimos años, la escena contemporánea ha empezado a mirar a la primera infancia desde un lugar menos condescendiente y más atento a la experiencia sensorial. Lejos del didactismo y de la narración explícita, algunas propuestas apuestan por el asombro, el tiempo lento y la escucha como herramientas de relación con el público más pequeño. En ese territorio, quizás todavía poco transitado, se inscribe Fosca, presentada en la Sala Petita del Teatre Principal, un espacio que por su escala y cercanía resulta especialmente propicio para este tipo de experiencias.
La pieza se despliega desde una confianza absoluta en la percepción. Sin palabras que guíen ni moralejas que cansen, la propuesta se sostiene en el gesto, la voz y la luz, y en una fe radical en la capacidad del espectador —fundamentalmente del más pequeño— para completar el sentido. La proximidad física entre escena y público intensifica cada acción y convierte lo mínimo en acontecimiento.
Tres intérpretes habitan el espacio como si acabaran de llegar a un territorio desconocido. No se presentan ni explican quiénes son: simplemente están. Desde esa presencia inicial se activa un delicado sistema de relaciones donde la voz se transforma en materia sonora, el gesto en lenguaje y la luz en una presencia viva. Todo sucede con una precisión milimétrica y cautelosa, pero sin que nunca llegue a perderse la sensación de descubrimiento, de revelación, como si cada acción se estuviera inventando en ese mismo instante.
La oscuridad, lejos de funcionar como amenaza, se instala aquí como un campo fértil. La luz dialoga con el sonido y con los cuerpos, creando imágenes efímeras que aparecen y desaparecen con la lógica de los sueños. En este contexto íntimo, resulta especialmente conmovedor observar a los bebés en la platea: miradas asombradas, cuerpos en suspenso, una atención pura que rara vez se da en una sala teatral. La contemplación de ese deslumbramiento silencioso es, en sí misma, parte de la experiencia.
La propuesta exige atención, pero a cambio ofrece una vivencia sensorial poco frecuente, capaz de atrapar tanto a niños como a adultos sin necesidad de traducirse a códigos evidentes. Hay algo profundamente honesto en esta forma de mirar a la infancia: no se subraya, no se simplifica, no se teme al silencio. Se confía.
En un panorama donde muchas creaciones familiares optan por la sobreestimulación o el mensaje explícito, esta obra se sitúa en el extremo opuesto: el de la contemplación activa. Y desde ahí, en la cercanía casi doméstica de la Sala Petita, construye un viaje escénico coherente, bello y respetuoso con quien mira. Un trabajo que no busca deslumbrar, pero que —paradojas del teatro— acaba haciéndolo, sobre todo cuando el reflejo de la escena enciende los ojos extraordinariamente abiertos de unos espectadores que tienen muchas posibilidades de convertirse en el futuro del teatro porque echando los dientes en él han descubierto la luz.











