Giant es la primera obra teatral de Mark Rosenblatt y, vista su trayectoria reciente, cuesta creer que sea un debut. Estrenada en Londres en 2024 y rápidamente incorporada al circuito de los grandes premios, la pieza se inscribe en una tradición reconocible —el drama de salón británico— para dinamitarla desde dentro. Todo sucede en un espacio cerrado, con normas de cortesía en apariencia intactas: pero el verdadero conflicto no está en la forma, sino en aquello que ya no puede decirse sin atenerse a las consecuencias.
El centro de la escena es Roald Dahl en un momento delicado de su biografía: consagrado como autor, influyente, económicamente intocable, y al mismo tiempo expuesto por unas declaraciones públicas que han cruzado una línea. El detonante es un texto escrito a raíz de la guerra del Líbano a principios de los ochenta, donde la crítica política se ve atravesada por un discurso cargado de generalizaciones y desprecio. La obra no reconstruye el escándalo: lo somete a juicio público, obligando a todos los presentes —el público es un convidado más— a convivir con las opiniones de las partes interesadas a lo largo de una larga jornada donde el aroma del té se mezcla con los ruidos de una casa metafóricamente en construcción.
La acción adopta la forma de una reunión improvisada: editor, representante editorial, pareja, empleados domésticos… Cada personaje llega con una función clara y una incomodidad distinta. Nadie cuestiona el talento de Dahl; lo que se discute es algo más perturbador: hasta qué punto una figura pública puede refugiarse en su brillantez intelectual para esquivar la responsabilidad de lo que dice. El texto evita la simplificación y se mueve con cuidado en una zona gris, donde la frontera entre crítica ideológica y prejuicio identitario no es evidente, pero sí decisiva.
Rosenblatt no convierte el antisemitismo en un concepto abstracto ni en un motivo de acusación inmediata. Lo muestra operando en el lenguaje, en la asimetría de poder, en la forma en la que ciertas palabras, pronunciadas desde una posición privilegiada, adquieren un peso que excede la intención de quien las emite. La obra no se pregunta si Dahl es culpable o inocente, sino qué sucede cuando alguien se niega a revisar su discurso y exige ser leído siempre en sus propios términos.
La dirección de Josep Maria Mestres opta por una puesta en escena contenida, sin subrayados, donde el conflicto se despliega a través del tempo y la escucha. Josep Maria Pou construye un Dahl incómodo y fascinante, capaz de alternar seducción, agresividad y vulnerabilidad sin abandonar nunca el control de la situación. Su personaje no implora comprensión ni busca redención: disfruta del combate intelectual incluso cuando ese placer acelera su propia caída.
El resto del reparto funciona como un sistema de fuerzas en tensión. Hay quienes intentan mediar, quienes asumen el papel de víctimas colaterales y quienes encarnan la resistencia frontal. Destaca especialmente el personaje interpretado por Clàudia Benito, que enfrenta a Dahl desde una posición ética firme, sin estridencias, haciendo visible una brecha generacional, cultural y simbólica imposible de cerrar con buenas maneras.
Gegant no ofrece consuelo ni moralejas claras. No absuelve ni condena. Se limita —que no es poco— a exponer un conflicto que sigue activo, que genera incomodidad y que no tiene resolución definitiva. El espectador sale del teatro sin una conclusión tranquilizadora, pero con una certeza difícil de esquivar: hay discusiones que no se resuelven tomando partido, sino aceptando que el desacuerdo también tiene sus propias consecuencias.
Y que quizá a veces elegir el bando en el que uno está tiene tantas consecuencias como asumir el coste de no hacerlo.





