Hacer yoga no te hace mejor persona

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Nick Reiner debió pensar que matar a sus padres era la solución a sus problemas. Por un instante le pareció una buena idea. Su cabecita enajenada llegó de repente a esa conclusión idiota. Una decisión fatal. El padre de Nick era Rob Reiner, el gran director de cine. Por eso estamos todos aquí: usted leyendo esto, Nick en una celda y lo peor de todo: Rob Reiner y su mujer Michelle Singer asesinados por su propio hijo.

Si hacemos un esfuerzo por olvidar que Nick Reiner ha matado a sus padres a cuchilladas, Nick era un tío normal. En realidad un niño pijo, acostumbrado a colegios caros, limusina con chófer y fiestas en Sunset Boulevard. Seguro que sus amigos (los mismos que le vendían la marihuana) dicen de él que era un tío enrollado. Y sus profesores, ante la prensa, declarando consternados que era un alumno muy inteligente. Basta ver fotos de Nick (internet está lleno de ellas) para darse cuenta de que no era Bin Laden. En esas fotos Nick abraza a su padre en lo que parece un cumpleaños y en otra se le puede ver junto a su madre y su hermana en una gala de Hollywood. A primera vista queda claro que eran una familia unida, de esas que se abrazan mucho y se juntan los domingos para comer. Nick disfrutaba de una vida privilegiada, una vida de photocalls y alfombras rojas porque era famoso desde que nació. Un famoso sin querer como Paquirrín o Terelu Campos. Es habitual que los famosos sin querer muestren cierto recelo a su buena estrella heredada, argumentando que hubieran preferido conquistar su destino como personas anónimas. Vivir como la gente corriente.

Nick Reiner lo tenía todo para no ser nunca un asesino. Tenía una mansión en Brentwood y el amor incondicional de unos padres que se desvivían por él. A Nick lo arropaba el buen rollo de ese Hollywood donde los sueños se hacen realidad. Tenía incluso una profesora de yoga particular. La familia pensó que eso podía ayudar. Pero no sirvió de nada. Nick no era feliz. Ahora los medios de comunicación hablan mucho de los trastornos de salud mental pero poco de las drogas que hay detrás y Nick las consumía todas.

Nick no había nacido cuando su futuro padre inició una brillante carrera en Hollywood. A finales de los años ochenta Rob Reiner encadenó cinco taquillazos seguidos. Cinco películas de éxito que se convirtieron, casi de inmediato, en clásicos modernos: “Cuenta conmigo” (1986), “La princesa prometida” (1987), “Cuando Harry encontró a Sally” (1989), “Misery” (1990), y “Algunos hombres buenos” (1992). Más de un lector descubrirá ahora que el director de todas ellas era la misma persona. Rob Reiner era un tipo discreto. A diferencia de Spielberg o Zemeckis, Reiner cosechó su éxito sin hacer ruido. Nadie iba al cine sabiendo que la película que estaba viendo era de Rob Reiner. El asunto funcionaba al revés: te enterabas de quién era el director mucho después y de casualidad, en ocasiones con diez años de retraso.

Albergamos la falsa idea de que tenemos cosas en común con nuestros artistas preferidos. A través de sus creaciones nos sentimos unidos a ellos por una línea emocional invisible. La realidad demuestra que conocer a la persona que hay detrás del artista es decepcionante. Hasta hace unos días los españoles no sabíamos nada de Rob Reiner y ahora  sabemos demasiado. Personalmente hubiera preferido conocer a Reiner únicamente por sus películas. A Donald Trump no le caía bien Rob Reiner y eso no impide que le guste “La princesa prometida”. Sin duda Trump conocía a Reiner más de lo necesario y lo ha hecho notar por escrito, en un pésame groseramente narcisista.

Desde que la panda de colgados de Charles Manson perpetraron la masacre en la mansión de Cielo Drive es imposible ver a Roman Polanski sin recordar aquel horror. Todavía hoy la prensa habla de una maldición sobre el director. Intentemos que eso no ocurra con Rob Reiner. Su cine era fresco y lleno de vida y su hijo (que ha resultado ser un pésimo guionista) ha querido convertirlo en una tragedia de Shakespeare. Intentemos olvidarlo.

Perico Gual

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