En la publicidad televisiva de los años ochenta aparecían más animales que en la consulta del doctor Dolittle: el oso de peluche de Mimosín, el cordero de Norit y sobre todo el hipopótamo de pañales Ausonia. Se llamaba Pipo, un orondo muñeco de goma de color azul pitufo. Un anuncio mostraba a Pipo caminando torpemente entre niños. Los niños lo tocaban fascinados mientras Pipo les regalaba una enorme sonrisa boba. Parecía un personaje escapado de Barrio Sésamo. La marca de pañales se hizo muy popular. En la calle la gente hablaba del hipopótamo azul. Todo el mundo estaba encantado con Pipo y nadie hacía preguntas. A nadie le parecía raro que fuera azul ni que niños medio desnudos se acercaran a semejante mastodonte. Pipo desprendía más buen rollo que una canción de Bob Marley.
Por lo que sea el hipopótamo es un animal que cae simpático. Inspira confianza. Hay algo entrañable en su cuerpo rollizo, como de bebé grande. Un animal patoso que inspira confianza como ese amigo gordo de la pandilla juvenil. Pero más allá de esta caricatura la realidad nos informa de que el hipopótamo es uno de los animales más mortíferos de África. El hipopótamo mata más seres humanos que el cocodrilo o la serpiente. Pero no importa lo que digan las estadísticas, seguiremos teniendo más miedo a una araña que a un hipopótamo.
Que el hipopótamo cause más risa que miedo es un buen ejemplo para comprender cómo la cultura construye, de forma caprichosa, nuestras filias y nuestras fobias. Este verano se han cumplido 50 años del estreno de “Tiburón” la película que nos incrustó en el cerebro el miedo al tiburón. La culpa de que tengamos miedo a un tiburón blanco de más de cinco metros no es de Steven Spielberg sino del sentido común. Lo que hizo Spielberg fue extender el miedo al mar en general. Ir a la playa y alejarse nadando es mucho más emocionante después de “Tiburón”.
La película de Spielberg fue un auténtico fenómeno social. Desde entonces las películas de tiburones iniciaron una escalada hacia la espectacularidad. Cada verano se estrenaba en cines un tiburón nuevo. Uno más grande. Más terrorífico. Pero fue inútil. Ninguno superó al original. Cada tiburón era más tonto que el anterior. Un gigantismo directo al desastre y en el peor de los casos al ridículo.
Entonces llegó “Open water”. Justo cuando ya no cabían en la pantalla más tiburones colosales. Cuando todo parecía agotado. “Open wáter” llegó quitando cosas. Quitando música. Quitando grandes mandíbulas. El acierto de “Open wáter” era negar todo lo que abrazaban sus predecesoras. “Open wáter” daba la espalda al espectáculo grandilocuente. Chris Kentis, un director desconocido, tuvo una idea que rozó la genialidad: menos es más. Se subió al carro de la cámara doméstica que había puesto de moda “El proyecto de la bruja de Blair” y logró una película terroríficamente realista. Los tiburones de “Open wáter” no son criaturas del averno. No llegan desde la lejanía acompañados por la música de John Williams y sus ataques no son tan recargados como la escena de la ducha de “Psicosis”. En “Open wáter” los tiburones están allí, sin más, dando vueltas. Parecen peces grandes. Casi inofensivos.
La película de Kentis fue una revolución de lo pequeño. De lo pobre. Cine de pocos recursos: una cámara de vídeo cutre, estética de telefilm y dos víctimas en el mar. Con muy poco el director dio un vuelco a las películas de tiburones. Kentis, ese gran desconocido, ha sido el responsable de una nueva generación de tiburones. Las actuales películas de escualos ya no imitan a “Tiburón” sino a “Open water”. Casi nada.











