En los años noventa se estrenó “Pi” la primera película de Darren Aronofsky. Una película tan confusa como el apellido del director. No pronuncie Aronofsky comiendo polvorones. El título hacía referencia a la cifra 3’14 (número Pi) que en geometría da solución al tamaño de una circunferencia. Un título tan soso que para darle emoción le añadieron el subtítulo “Fe en el caos”.
La película trataba sobre matemáticas, un asunto que de inmediato se asocia con la inteligencia, más que nada porque nadie entiende matemáticas. A su director le hubiera encantado que “Pi” fuera definida como una película compleja, pero no nos engañemos, “Pi” no era compleja sino confusa. Mejor dicho, “Pi” era un galimatías con aspiraciones de vanguardia artística.
Había en “Pi” una clara vocación estética. Destacaba su áspera fotografía en blanco y negro. La película transmitía una claustrofobia kafkiana y ya se sabe que lo kafkiano tiene que ser en blanco y negro. El ritmo era nervioso con un bombardeo incesante de planos detalle. Imágenes breves en las que aparecían muchos números, fórmulas, gráficos y de vez en cuando una hormiga.
Todo muy kafkiano, vale, pero se echaba en falta que ocurriera algo. Se echaba en falta, en fin, un argumento. Se notaba que Aronofsky le ponía muchas ganas. La idea era crear un ambiente de intriga. El protagonista estaba todo el rato muy agobiado pero no quedaba claro el motivo. Vivía en un cuchitril lleno de cables, enchufes y monitores. El sueño de la Bruja Avería. De vez en cuando le daban ataques epilépticos. Se agarraba la cabeza con las manos. Tecleaba frenético en su ordenador. Buscaba algo. Buscaba algo entre los números. Una respuesta del más allá. Un patrón universal. A saber qué buscaba. Tal vez algo barato, como la canción de Mecano.
Al espectador le quedaba claro que todo aquello iba sobre matemáticas pero la película seguía sin avanzar. Entonces aparece el chaval judío. La película no se entiende pero ahora hay un chaval judío. Se conocen en la barra de un bar. El protagonista tiene el pelo que le empieza muy atrás (rasgo habitual de los genios locos) y el judío es uno de esos fanáticos religiosos, con su kipà, sus tirabuzones y toda la parafernalia ortodoxa. Un rigor cabalístico en blanco y negro. El judío le explica al protagonista que La Torá (el libro sagrado) es como las matemáticas. También ellos buscan entre las palabras de La Torá el nombre de Dios. Ambos personajes habían entregado su vida a la búsqueda de una respuesta trascendente.
Con el paso del tiempo se diría que el argumento de “Pi” era lo de menos. “Pi” no era una película para el público sino una declaración de intenciones de su director. Una forma de decir: mirad lo listo que soy, mirad lo que he creado. Aronofsky colocaba su apellido junto al de otros judíos eminentes como Sigmund Freud o Albert Einstein. Un director experto en matemáticas y con una mente prodigiosa.
Darren Aronofsky acaba de estrenar “Bala perdida”, sin duda su película menos pretenciosa. Sólo por eso vale la pena verla. Es como si el director se hubiera cansado de contar cosas importantes y se hubiera dado cuenta de que se puede hacer una película entretenida sin complicarse la vida.
“Bala perdida” es una aventura callejera que recupera ese Nueva York variopinto y underground de “Buscando a Susan desesperadamente”. Una película desenfadada que recuerda mucho a las gamberradas urbanas de los años ochenta. Esas películas en las que un ciudadano normal se mete en un lío y tiene que huir por una ventana y descender por la fachada a través de las escaleras de incendios. También aquí los judíos ortodoxos vuelven a la carga armados hasta los dientes.
En “Bala perdida” Aronofsky deja de lado su adanismo y lo que hace es mirar a otros directores, en especial el Guy Ritchie de “lock and Stock” y los hermanos Coen de “El gran Lebowski”. Visto así “Bala perdida” es la película menos Aronofsky de toda su filmografía. Porque lo más característico del director son sus ganas de buscarle tres pies al gato. Aronofsky bascula entre dos formas de entender el cine: el blockbuster y el cine de autor. Películas que gusten a mucha gente pero que al mismo tiempo tengan carácter y a ser posible un mensaje trascendente. Pero no siempre le sale bien como demuestran experimentos fallidos como “Madre” o “La ballena”. Personalmente nunca le perdonaré haber customizado la Bíblia como si fuera un cómic de Marvel, con ese Noé con aspecto de monitor de crossfit y que construye el Arca ayudado por una especie de transformers.





