Pongamos, por un suponer, que usted es padre y siente que no lo ha hecho bien, que no ha sido un buen padre. Supongamos también que usted ha trabajado como encargado, por ejemplo, en la sección de calzado de El Corte Inglés. Entonces su vida no le interesa a nadie. Siempre le queda la alternativa de contar sus penas en la tele, en uno de esos programas que intentan arreglar familias rotas. Pero si usted ha sido un mal padre y es director de cine la cosa cambia. Su historia es digna de ser contada en una película a la altura de las tragedias griegas. “El ser querido” del director Rodrigo Sorogoyen se suma a las películas recientes sobre los padecimientos de la gente del cine, que en poco tiempo nos ha dado películas como “Valor Sentimental”, “Cerrar los ojos” o “Dolor y gloria”.
“El ser querido” quiere, desde el principio, que nos fijemos en el sonido. Nada más empezar la pantalla se abre velada a negro, no se ve nada, pero nos llega el ruido de un restaurante: tintineo de cubiertos, rumor de comensales y la voz inconfundible de Javier Bardem pidiendo la carta. También oímos la voz de Victoria Luengo. Son padre e hija y mantienen lo que parece un encuentro incómodo. Hablan con los tropiezos propios de una charla nerviosa. Se pisan los turnos de palabra, se interrumpen sin querer, hay silencios tensos y opiniones que quedan en el aire. Aquel torrente de palabras a medias arrastra al espectador como esas entrevistas embrujadas del periodista Jesús Quintero. La cámara está tan cerca de los rostros que por momentos la cabeza en contraplano tapa la imagen. Lo que importa son las palabras. Ambos actores hablan normal, con los accidentes que transitan en lo espontáneo: titubeos, resoplidos nasales, flemas, carraspeos…el micrófono recoge todos esos errores con una claridad indecorosa.
El sonido de «El ser querido» es prodigioso. Tiene vida propia. Hace lo que le da la gana. Entra y sale de la película, incluso modifica su calidad dependiendo de la pista de audio. La importancia de algunos diálogos queda en fuera de campo. En una escena Bardem y Raúl Arévalo mantienen una charla íntima, pero no la oímos porque queda sepultada por el ruido de un secador. La voz y el ruido mantienen un pulso por el control narrativo. Porque «El ser querido» está en las palabras, en el sonido, en ese viento desértico de Fuerteventura.
La película también está en la cara de Javier Bardem. Una cara que ha ido creciendo a medida que ha crecido el actor. Cuando empezó su carrera Bardem aparecía de cuerpo entero. A veces estaba lejos o al fondo de un plano general. Ahora siempre está cerca. Su rostro ocupa toda la pantalla. Su presencia se ha convertido en una cara enorme que es un mapa de España con sus provincias y sus comunidades autónomas. En esa cara hay sitio suficiente para refugiar a todo el pueblo saharaui.
Rodrigo Sorogoyen vuelve a regalarnos una película nerviosa que es un prodigio técnico. En ese sentido es, tal vez, su trabajo más virtuoso. «El ser querido» tiene más efectos que «Star Wars»: metraje en varios formatos, celuloide de distintas calidades, postproducción a cascoporro, incluso secuencias en blanco y negro. Imágenes en blanco y negro que aparecen sin ton ni son, pero que hacen bonito y son esenciales en la obra de cualquier genio.
Ahora bien: ¿de qué puñetas va la película? Seamos sinceros, el conflicto familiar nos importa un rábano. No sabemos nada de ese padre ni de esa hija. Imposible empatizar con todo aquel dolor pasado. Hemos llegado veinte años tarde. Sabemos que ese padre se ha portado mal, pero nos da un poco igual. Por cierto, a ver si algún día la mala es la madre. El título de la película deja una sensación de estafa, como si el drama fuera una excusa para dar profundidad emocional, pero lo que realmente nos engancha es contemplar los intríngulis de un rodaje en Canarias. Cine dentro del cine. Otra vez. Una más.














