Ahora la guerra no está de moda. Una frase que al lector puede parecerle una obviedad porque la guerra es esencialmente mala. Pero la guerra ha tenido sus buenos momentos. A lo largo de la historia la guerra se ha promocionado y adorado tanto como ahora se adoran y promocionan otras emociones modernas como la felicidad, el derecho a la libertad o el empoderamiento femenino. Sería otra obviedad afirmar que ahora todos queremos la paz. Por eso en este mundo nuestro de calma democrática, el estreno de una película como «Warfare» es casi una anomalía a contracorriente.
La guerra es tan antigua como la vida. No tiene fronteras, ni raza ni credo. Pero la guerra, tal y como la entendemos hoy, es americana. Estados Unidos ha privatizado la guerra como su particular franquicia de promoción patriótica. Tras la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos se convirtió en la primera potencia mundial. Europa se postraba a sus pies. Todos los países aliados parecían estar en deuda con los artífices del Desembarco de Normandía. Estados Unidos no sólo venció a los nazis, sino que se metió el mundo entero en el bolsillo. Desde entonces todos llevamos vaqueros, comemos hamburguesas y bebemos Coca-Cola.
Mientras Europa retiraba de las calles los escombros de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos celebraba los felices años cincuenta como si de una exitosa campaña de márquetin se tratara. Hollywood se llenó de películas bélicas, aquellas que le dieron nombre al género. No eran buenas películas, más bien eran muy malas. Películas triunfalistas, que no sólo ensalzaban la gloria de la guerra sino también la familia tradicional y en definitiva aquello que pasó a llamarse «american way of life». La mayoría de aquellas películas estaban sufragadas por el ejército para servir de panfleto patriótico. No hay que olvidar que grandes directores como John Ford, William Wiler o Frank Capra trabajaron como cronistas de guerra, grabando con sus cámaras el conflicto desde primera línea de fuego.
De aquella época habría que mencionar obras maestras como «Objetivo Birmania» (1945) de Raoul Walsh, sin duda la pionera del género, «De aquí a la eternidad» (1953) de Fred Zinnemann, una calculada mezcla de romance y épica en Hawái durante el bombardeo japonés y «La colina de los diablos de acero» (1957) de Anthony Mann, una película adelantada a su época que abandonaba el tono triunfal para mostrar la guerra como un espacio fantasmal.
El gran cambio en la forma de entender la guerra llegó en 1970 con la película «M.A.S.H.» de Robert Altman. «M.A.S.H.» se reía abiertamente de la guerra. Un género que hasta entonces hablaba de altos valores como el honor y el valor se veía sorprendido por una película que utilizaba la guerra para hacer chistes. El estreno de «M.A.S.H.» debió resultar una provocación. «M.A.S.H.» no sólo se reía de la guerra sino que se reía de todo. Una película descarada, de diálogos absurdos con muchas palabrotas, mujeres desnudas y hombres hablando de sexo. En realidad no era una película bélica sino una comedia antisistema, pero su fresca anarquía daba un giro radical al género bélico que abría las puertas al humor y la autocrítica. Precisamente ese mismo año se estrenaba «Los violentos de Kelly»con un tono hippie muy divertido encarnado en el lunático personaje interpretado por Donald Sutherland. Habían llegado los locos años setenta.
En realidad el gran cambio no se había producido en el cine sino en la vida real. La gente ya no asociaba la guerra al honor sino a la injusticia. El ciudadano de a pie entendió que la guerra era una patraña política que nada tenía que ver con sus vidas. La desconfianza hacía el estado era cada vez mayor. El creciente espíritu pacifista cristalizó en el conflicto de Vietnam, una guerra que nadie entendió. Vietnam fue sin duda la primera guerra desmotivada. Los soldados iban a Vietnam sin ningunas ganas, con la sensación de estar obligados a luchar por algo que les importaba un rábano.
Los años ochenta fueron un reflejo de aquel desencanto. La década se inauguró con la desmesura de «Apocalypse Now» de Francis Ford Coppola. Ciertamente una obra maestra monumental pero al mismo tiempo una película contradictoria pues por un lado mostraba la guerra como un espectáculo fascinante y por otro parecía denunciar el sinsentido de todo aquello. «Apocalypse Now» inauguraba las ambigua ideología de la postmodernidad. Años después un excombatiente de Vietnam llamado Oliver Stone se puso tras la cámara para rodar «Platoon» una película que narraba el día a día de un soldado novato en Vietnam. «Platoon»era una forma de parar los pies a la fantasía visual de «Apocalypse Now». El realismo documental de «Platoon» la elevó a mejor película de 1986 y su director se convirtió en una suerte de mesías cinematográfico contra la guerra. El éxito de «Platoon» provocó un aluvión de películas sobre Vietnam hasta el punto de que incluso maestros como Stanley Kubrick o Brian de Palma dirigieron su personal visión del conflicto.
Los años ochenta fue una década de contrastes. En las antípodas del cine antibelicista la era Reagan promocionaba la figura del héroe justiciero heraldo de los valores yankees y azote del comunismo. La saga de Rambo, interpretado por Sylvester Stallone y las películas de Arnold Schwarzenegger arrasaron en taquillas y ambos actores se convirtieron en referentes corporales poniendo de moda el culto al cuerpo musculado.
A las puertas del siglo XXI la guerra parecía cosa del pasado. El cine miraba al futuro, a los mundos cibernéticos de películas como «El cortador de césped» (1992), «Johnny Mnemonic» (1995) o «Matrix» (1999). Entonces llegó Steven Spielberg con “Salvar al soldado Ryan” (1998). De algún modo la película también era muy cibernética, pero no para dibujar mundos de fantasía sino para poner las nuevas técnicas digitales al servicio del realismo. Con “Salvar al soldado Ryan» Spielberg había logrado la película definitiva sobre el Desembarco de Normandía, con una media hora inicial de un realismo nunca antes visto en pantalla. Gracias a los efectos digitales el espectador prácticamente podía sentir las balas atravesando el aire.
«Salvar al soldado Ryan» no sólo fue revolucionaria en su apartado técnico sino también argumentalmente. Su punto de vista barría por completo el humor irreverente de los años setenta y recuperaba una solemnidad patriótica de corte clásico. La obstinada búsqueda de un soldado en mitad del caos de Normandía representaba los valores del pueblo norteamericano. Una odisea similar a la que emprendía John Wayne en «Centauros del desierto». «Salvar al soldado Ryan» iniciaba una corriente de pensamiento conservador que volvía a colocar la Segunda Guerra Mundial en primera línea de taquilla. La película fue aplaudida por el público y la crítica, una coincidencia tan inusual como habitual en Steven Spielberg que se llevó un merecido Oscar como mejor director.
Llegamos así a «Warfare» de Alex Garland que se ha estrenado recientemente en cines. La película tiene su origen en la amistad del director con Ray Mendoza, un ex-militar que combatió en Iraq y fue asesor técnico de Garland para su película «Civil War». Fue precisamente durante aquel rodaje donde Garland propuso a Mendoza trasladar a una película sus vivencias de guerra. Así nace «Warfare» que desde su inicio, en un rótulo explicativo, advierte que la película no está basada tanto en hechos reales como en recuerdos reales. De esta forma se remarca el carácter subjetivo que significa experimentar en primera persona el trauma de una guerra.
«Warfare» narra a tiempo real una cruenta escaramuza en un barrio de Ramadi, cuando una patrulla de Navy-Seals fue rodeada por insurgentes talibanes. Garland no ha escatimado esfuerzos para recrear de forma magistral el escenario del suceso. «Warfare» es sobre todo un prodigio de puesta en escena, apoyado en un uso elegante de las técnicas digitales y la reconstrucción milimétrica de los hechos. El tono de «Warfare» muy próximo al estilo de «casa asediada» se hace fuerte en la tensión de una amenaza invisible. Un tiempo suspendido salpicado de silencios y segundos eternos.
«Warfare» es una excelente película que escapa hábilmente de cuestiones morales y se refugia en un tono aséptico que sólo pretende estar allí. Contar las cosas tal y como van sucediendo. No hay buenos ni malos ni tampoco un protagonista claro. Pero no podemos olvidar que bajo su aparente objetividad «Warfare» esta contada desde un bando. El bando de Ray Mendoza.











