La maldición de Demián

La maldición de Demián

Llamarse Demián y ser director de películas de terror debería ser garantía de excelencia sin embargo no es así. Porque “Cuando acecha la maldad” no es una buena película. No se trata de una valoración subjetiva sino de que la película, sencillamente, no está bien hecha. Al parecer en el Festival de Sitges debieron pensar todo lo contrario porque le otorgaron el premio a la mejor película de 2023. Contra todo pronóstico “Cuando acecha la maldad” fue la favorita en un festival al que se presentan anualmente (entre la sección oficial y películas fuera de concurso) más de trescientas películas. Los caminos del señor son inescrutables.

“Cuando acecha la maldad” vuelve a hablar, por enésima vez, de posesiones infernales. Un género que debería tomarse un merecido descanso. El director Demián Rugna, buscando una nueva vuelta de tuerca al tema, ubica su película en una remota región ganadera de Argentina. Un lugar agreste, alejado de la vida urbana, donde todavía gobierna la superchería y el ritual. La pesadilla arranca cuando en el seno de una humilde familia campesina se manifiesta un caso de posesión diabólica, un fenómeno que los lugareños denominan como un encarnamiento. Serán dos hermanos granjeros, vecinos del poseído, al que se refieren como “el embichado”, los que tendrán que luchar contra aquella suerte de infección espiritual que se extiende por la región. Acostumbrados a que el diablo haga acto de presencia en la ciudad, la condición rural de la película aporta la novedad del regionalismo. El director reconoce la influencia de otras películas de terror rural como la sur-coreana “El extraño”.

Pero más allá de su exotismo rural el gran problema de “Cuando acecha la maldad” es que está mal contada. La película destila un aire de folletín tremendista, prácticamente de telenovela venezolana. Las interpretaciones son exageradas y las decisiones de los personajes erráticas. Rugna quiere dar a la película un ritmo vigoroso pero lo que consigue es un sincopado culebrón sin continuidad narrativa. Destaca la violencia física de algunas escenas pero se echa en falta la coherencia del conjunto. En ese sentido la película quiere dar a entender que existe una mitología demoníaca propia del lugar pero su explicación queda apenas insinuada, por no decir que se pierde por los cerros de Úbeda. En resumen: una película cargada de buenas intenciones pero de resultado fallido.

¿Qué vio el Festival de Sitges en una película tan mediocre? No parece que las virtudes de “Cuando acecha la maldad” tengan que ver con sus cualidades intrínsecas (más bien pocas) sino con la política. Demián Rugna declara abiertamente su oposición al nuevo gobierno de Javier Milei. De esta forma la película funciona como una metáfora que señala la invasión global del fascismo encarnado por líderes como Bolsonaro o Donald Trump.

Dudo que el espectador corriente sea capaz de detectar una denuncia antifascista en la película. Pero como estrategia promocional es eficaz. La publicidad en cine ha evolucionado del “product placement” al “political placement” (disculpen los anglicismos). Si en los años 80 se colocaban dentro del plano productos y marcas actualmente son los directores quienes se posicionan políticamente como forma de márquetin. Nada nuevo bajo el sol, no hay que olvidar que el cine nació con “El acorazado Potemkin” denunciando los abusos del poder contra el proletariado

Perico Gual

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