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La otra Bernarda, el otro teatro

La otra Bernarda, el otro teatro

Hay algo que celebrar antes incluso de que empiece una función como Con permiso de Federico, la otra Bernarda: que el público llene una sala para ver teatro. El Maruja Alfaro Mar i Terra estaba atiborrado. Y conviene detenerse un instante en ese hecho porque, en estos tiempos en los que tantas veces se habla de la falta de espectadores, de las dificultades de las compañías y de la fragilidad de la escena, una sala llena constituye por sí misma una pequeña victoria. Un órdago, quizás.

Más aún cuando hablamos de teatro aficionado. Qué cosas. Hay algo profundamente hermoso —y también profundamente humano— en quienes hacen teatro sin que el teatro sea necesariamente su profesión. Personas que ensayan después de su jornada laboral, que memorizan textos, que construyen personajes, que se enfrentan a la luz, al espacio, al miedo al vacío. El teatro amateur mantiene una relación con el escenario que quizá el teatro profesional, con todas sus virtudes, termina inevitablemente transformando: aquí todavía se percibe con claridad la liturgia, la ceremonia, la pertenencia a una comunidad donde el artista y público comulgan con el mismo deseo.  Y el deseo, cuando está bien acompañado de trabajo, puede ser una fuerza escénica considerable.

Con permiso de Federico, la otra Bernarda, de Valvanuz Ruiz —autora que firma también una escenografía más que eficaz— entra en un territorio que no admite demasiadas inocencias. Volver a La casa de Bernarda Alba supone enfrentarse a un texto que forma parte de nuestra memoria teatral colectiva y que ha sido representado, estudiado y reinterpretado hasta la saciedad. El riesgo de encontrarse con una simple prolongación de Lorca es, por tanto, más que evidente.

La propuesta intenta escapar de esa trampa mirando hacia otro lugar: hacia lo que pudo quedar fuera de la historia conocida, los ángulos ciegos de las mujeres que siguen encerradas cuando todos creemos que ya sabemos de sobra todo lo que ocurrió dentro de aquella casa. Después de la muerte del segundo marido de Bernarda, el luto vuelve a imponer sus reglas y las relaciones de poder vuelven a tensarse como un arco funesto.

Pero aquí no interesa únicamente qué sucede. Interesa también comprender qué significa seguir encerradas.

Porque el encierro de estas mujeres no pertenece exclusivamente a una época. Cambian las paredes, cambian las normas, cambian incluso las palabras con las que se nombra la obediencia, pero determinados mecanismos de dominación tienen una sorprendente capacidad para sobrevivir. Quizá por eso seguimos regresando a Bernarda. No porque necesitemos que nos vuelvan a contar su historia, sino porque todavía palpita en nuestra piel una herida contemporánea  que nos vincula a ella irremediablemente.

La escenografía contribuye a crear ese universo opresivo: una casa que parece haber dejado de ser refugio para convertirse en prisión, un túmulo que se convierte en mesa, unas paredes que aíslan el deseo de la probabilidad de consumarlo… Las sombras, las figuras que se recortan, la oscuridad que rodea a los personajes construyen una atmósfera en la que el espacio pesa tanto como las palabras, tanto como el silencio que abruma el excelentemente dirigido interregno de los cambios de escena.

Y entre esos silencios aparece una de las cuestiones que más me interesaron de la función: qué ocurre cuando una persona pasa tanto tiempo obedeciendo que termina confundiendo la obediencia con su propia identidad. Las mujeres de esta Bernarda no son solamente víctimas de una autoridad exterior; también son, en diferentes grados, depositarias de unas reglas que han aprendido a reproducir encerradas como están en la jaula de su propia sumisión.

Uno de los méritos de la propuesta está en no plantear el conflicto como una pieza de museo. Hay una voluntad evidente de hacer que aquel universo dialogue con nosotros, con nuestra mirada contemporánea, sin necesidad de convertir la función en una lección que se imparte con el dedo índice levantado.

También hay que mirar al elenco. No desde la condescendencia con la que a veces se contempla el teatro aficionado, como si bastara con agradecer que alguien se haya atrevido a subir a un escenario. El amateur merece algo mejor que eso. Merece ser juzgado por su trabajo, pero también comprendido desde las condiciones en las que ese trabajo se produce.

Una compañía aficionada no tiene detrás la maquinaria de una gran producción. Tiene, muchas veces, algo menos visible y bastante más difícil de medir: horas robadas al descanso, compromiso con los compañeros, paciencia, insistencia y una enorme cantidad de voluntad. Y cuando todo eso consigue convertirse en una función que congrega a una sala entera, el resultado trasciende el simple hecho de la representación.

El teatro es, entre otras muchas cosas, una forma de comunidad. Un grupo de personas se reúne para contar algo y otro grupo acepta sentarse delante para escucharlo. Durante un par de horas, desconocidos comparten una misma respiración. En una época tan inclinada hacia el consumo individual de historias, que ese acto colectivo nazca de la entrega altruista es un milagro y un acto revolucionario, subversivo, sanador, catártico.

Una vez, un maestro admirado y querido me dijo que no hay nada más apasionado que el teatro aficionado. Cuánta razón tenía mi maestro, pienso mientras salgo del teatro pensando en qué palabras pondré a esta crónica que acabas de leer para que se note la emoción que me embarga.

Ojalá lo haya conseguido. 

Antonio Miguel Morales

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