La otra bestia, la última creación escénica de Ana Rujas, pertenece a ese territorio donde el teatro deja de ser relato para convertirse en experiencia. Basada en su libro homónimo y dirigida por José Martret y Pedro Ayose, la pieza se presenta como un viaje emocional de alta intensidad que no busca el consuelo inmediato sino más bien la permanencia en la grieta.
Desde el primer momento, en el Teatre Principal de Palma, la obra instala al espectador en un espacio de encierro. Una casa de líneas minimalistas —concebida casi como una arquitectura mental— funciona como cárcel interna, una jaula simbólica donde los personajes chocan una y otra vez contra unos límites invisibles. No hay escapatoria posible: todo ocurre entre unas paredes que constriñen, que nos obligan a habitar un destierro doméstico.
En ese espacio emerge Sara, interpretada por la propia Rujas, como una figura fracturada, atravesada por el deseo, el vacío y una necesidad urgente de nombrarse. La actriz compone un personaje que no se defiende de su vulnerabilidad, sino que la utiliza como materia escénica. Aquí la fragilidad no es un talón de Aquiles, sino más bien un huracán emocional que hace avanzar el cuerpo y la palabra. Cada gesto parece nacer de una herida abierta; cada silencio, de una resistencia furibunda.
La dramaturgia —construida a partir del universo literario de Rujas— se despliega como un tejido de obsesiones recurrentes: el amor, la fe, el sexo, la maternidad, la mediocridad, el conflicto con la palabra y con los círculos intelectuales. Martret y Ayose han realizado un trabajo de orfebrería textual que logra algo poco frecuente: hacer que fragmentos nacidos desde lo íntimo y lo disperso se conviertan en diálogo, en conflicto dramático, en acción. Hay momentos en los que resulta imposible distinguir dónde termina el libro y dónde empieza la escena. Todo parece haber sido escrito desde un mismo pulso.
La presencia de Joan Solé y de Teo Planell aportan capas fundamentales a este universo. Sus personajes no funcionan como contrapeso ni como salvación ni como antagonistas, sino como fuerzas que tensan el recorrido de la protagonista haciendo que el vacío bajo sus pies se convierta más en agua que en aire.
Uno de los grandes aciertos del montaje es su apuesta por un lenguaje híbrido. La convivencia entre teatro y cine no es un recurso estético, sino una necesidad narrativa. La pantalla dialoga constantemente con lo que sucede en escena, ampliando el campo emocional de la obra. Las imágenes —pregrabadas y proyectadas— no explican, sugieren; no ilustran el texto, conviven con él. Hay algo profundamente cassavetesco en esta manera de mirar a los personajes, en esa cámara que parece querer atrapar el instante pero que al mismo tiempo comprende la imposibilidad de su objetivo.
Las referencias culturales que atraviesan la pieza —Zulawski, Rimbaud, Tiziano, Cassavetes, Angélica Liddell— no aparecen como citas explícitas, sino como una atmósfera compartida. La posesión planea sobre la obra no tanto por lo que se ve, sino por lo que se intuye: una historia de amor deformada por el vacío, por la imposibilidad de reconocerse en el otro. La acción puede remitir a ciertos gestos del film, pero la narrativa es otra. Aquí el foco no está en el monstruo externo, sino en la convivencia diaria con esa otra bestia interior que no se puede expulsar.
Hay, además, una investigación corporal que atraviesa todo el montaje. Los cuerpos se mueven fuera de la norma, buscando un lenguaje físico que acompañe la violencia emocional del texto. Nada es cómodo, nada es estable. Todo parece estar a punto de romperse. Esa tensión constante es, precisamente, la que ancla nuestra mirada.
La otra bestia es una obra profundamente honesta. Se percibe el riesgo en cada decisión, en cada palabra como un salto sin red hacia el vacío de la emoción. Hay miedo, sí, pero también escucha, cuidado y confianza entre los creadores. Esa confianza permite que la pieza se sostenga en ese vacío del que hablamos sin caer en el artificio. No hay complacencia ni voluntad de agradar: hay una necesidad urgente de decir.
Al salir de la función, no queda la sensación de haber entendido algo, sino de haber atravesado un campo minado de confesiones y creencias. Y quizá ahí resida su mayor virtud: en un tiempo que exige explicaciones constantes, La otra bestia se permite no cerrar, no resolver, no calmar. Se limita a estar. A respirar. A recordarnos que el teatro, cuando se atreve a mirar de frente la vulnerabilidad, no consuela: acompaña.
Y eso, hoy, es un gesto radical.







