Era yo un niño cuando vi por primera vez la imagen que acompaña este texto. Era una escena de una película de vaqueros que daban por la tele. Ni siquiera sabía el título. La escena en cuestión llegaba casi al final de una película, sinceramente, larga y aburrida. Pero aquella imagen me dejó fascinado. Me pareció sublime. Una imagen que parecía una pintura. Un pistolero inmóvil recortado contra el cielo y a sus pies otro hombre agazapado como un conejo. Todo estaba en silencio salvo por el rumor del viento que azotaba el guardapolvo del pistolero. Las nubes abrían y cerraban claros de luz sobre la hierba. Lo más atractivo de aquella escena no era su belleza de postal sino la violenta inquietud que vibraba en ella. Era la calma antes de la tormenta. De forma magistral el director había creado tensión sin efectismos, ni música ni fanfarrias. Simplemente una imagen estática y silenciosa. La atención del espectador quedaba fijada en aquella fatal pareja y quedaba bien claro quién era el cazador y quién la presa.
La película se llamaba «La puerta del cielo» y gracias a esa escena mi interés por el argumento se activó ipsofacto. La película pasó de parecerme un rollo a una obra maestra. En un instante comprendí la fuerza que podía transmitir una imagen. De hecho comprendí algo más importante, comprendí la grandeza del cine. Personalmente «La puerta del cielo» fue como una revelación celestial. Luego supe que su director, Michael Cimino, era muy famoso, porque había hecho una película muy importante sobre la guerra de Vietnam llamada «El cazador». Pero todo eso vino después.
“La puerta del cielo” no ha sido el último gran western. Ciertamente el título de este artículo es un poco exagerado. Años después de “la puerta del cielo” el oscarizado western “Sin perdón” cogía el relevo como último gran western. Tampoco “Sin perdón” consiguió ser el último gran western. El western no termina de morirse nunca, pero toda nueva película parece sentenciada a ser la última de su género. Los medios de comunicación hablan del ocaso del western y del western crepuscular. Una mitología de la decadencia que sirve a los periodistas para alimentar su retórica cursi, otorgando al western un halo romántico. Lo cierto es que el western contemporáneo goza de una salud envidiable como así lo demuestra el éxito del género en las plataformas digitales.
Pero el título de este artículo no es del todo falso. A decir verdad “La puerta del cielo” significó el final de muchas cosas. “La puerta del cielo” fue un fracaso monumental. Un fracaso de proporciones faraónicas. La película costó un dineral y no la vio casi nadie. Michael Cimino, endiosado gracias al éxito que obtuvo con «El cazador», quiso repetir la jugada con otra película de gran tamaño, en esta ocasión con un western. «La puerta del cielo» tenía una estructura idéntica a su antecesora, dividida en tres partes, pretendía ser un profundo retrato de la historia americana con trasfondo político. En concreto la lucha por unas tierras que enfrentaba a humildes familias de colonos eslavos contra una poderosa oligarquía de terratenientes. Pero «La puerta del cielo» era larga y farragosa. Una película lenta en la que se hacía cuesta arriba seguir el hilo del argumento. Tampoco quedaban claras las motivaciones de sus dos protagonistas, Cristopher Walken y Kris Kristofferson, compitiendo ambos por el amor de una mujer, la dueña de un prostíbulo interpretada por Isabelle Huppert.
La «Puerta del cielo» era megalómana y aburrida. El público le dio la espalda. La debacle fue de tal magnitud que «La puerta del cielo» provocó la desaparición de su productora, la mítica United Artist, en bancarrota por culpa de una película que no obtuvo ningún beneficio. También significó el final de Michael Cimino. Con semejante panorama el director no volvió a levantar cabeza. Su nombre se asociaba al fracaso. Nadie quería trabajar con un director prepotente, maniático y manirroto. La filmografía de Cimino se redujo a cinco películas. La herida fue tan profunda que “La puerta del cielo» marcó el final de una época. Aquello que a finales de los años sesenta se había etiquedado como Nuevo Hollywood inició su decadencia a partir de «La puerta del cielo». Se dice rápido.
El pifostio que montó Michael Cimino fue realmente importante. «La puerta del cielo» terminó con el cine de autor, en el que los directores campaban a sus anchas y hacían lo que les daba la gana. Una época breve pero brillante que inició Denis Hopper con «Easy Rider» y que cosechó obras maestras gracias a directores jóvenes como Francis Ford Coppola, Brian de Palma o William Friedkin. Pero las productoras volvieron a tomar el control para terminar radicalmente con el derroche de tanto director caprichoso.
Una sombra luctuosa cayó sobre «La puerta del cielo». Un mal fario causado no tanto por la película como por los estragos que provocó fuera de la pantalla. La crítica la puso a caldo y recibió premios a la película más mala de su año. Una película injustamente tratada y un director que no caía bien. Pero el tiempo ha puesto las cosas en su sitio y poco a poco «La puerta del cielo» está recuperando el reconocimiento que en su día nadie quiso ver. «La puerta del cielo» es una obra maestra al mismo nivel que «El cazador» y personalmente una de las películas que despertó mi amor al cine.















