La Real Academia de la Lengua define en su primera acepción la soledad como “la carencia voluntaria o involuntaria de compañía”. Pero esta definición, a todas luces, se nos queda bastante corta cuando entramos en la colmena de múltiples soledades que acechan al ser humano y que hienden su carne con dentelladas rabiosas y silentes: precisamente de esas dentelladas nos habla Loneliness. Porque la soledad muestra diversas aristas conceptuales, y muchas de ellas nos hacen temblar en el patio de butacas mientras intuimos que en él se encuentran sin duda víctimas y verdugos de aciagas soledades: la soledad íntima o emocional —”si te sientes solo cuando estás solo, estás en mala compañía”, decía Sartre—, la soledad relacional o familiar, y la soledad colectiva o externa.
Para entender el concepto de Loneliness necesitamos puntualizar que el aislamiento social, a veces utilizado negligentemente como sinónimo de soledad, es la carencia sustancial de afectos, de contactos sociales, de asideros para vivir cuando el suelo tiembla bajo nuestros pies. Y justamente eso es lo que sucede: el suelo tiembla bajo los pies de los cuerpos danzantes para recordarnos que la soledad no deseada es uno de los males fundamentales del siglo XXI
Lonelinessse acerca desde la danza a esa nómina de obras que visibilizan el acoso y la exclusión del diferente: El pequeño pony, de Paco Bezerra, La edad de la ira, de Nando López, o Kiken_2023, de Neus nadal, son tres de las obras que se me vienen a la cabeza sin hacer búsquedas exhaustivas. Todas ellas dejaron en mí la sensación de que es posible dar voz a los excluidos, a los diferentes, a los maltratados por los rígidos esquemas de poder, y denunciar a los culpables, ponerles el foco encima para que no pasen nunca más desapercibidos. A diferencia de las obras nombradas, Lonelinesstrata el tema del acoso desde la danza. Y este hecho en sí me parece suficientemente innovador como para darle un párrafo: nos encontramos ante un espectáculo de danza con una narrativa potente y estructurada que deja en el espectador un poso de inquietud lo suficientemente grande como para que se cuestione—al menos a mí me sucedió—su relación con las personas que no forman parte del relato del pret a portersocial, o, lo que es lo mismo, del cliché superfluo de la “normalidad”.
Esa inquietud de la que hablamos se hace mayor con un espacio sonoro y un diseño de luces inquietantes—diseñados por Sammy Metcalfe y Daniel Gener respectivamente—que abisman al patio de butacas en una zozobra permanente.
Los cuerpos de los intérpretes junto a la impactante presencia escénica de un universo vídeo-creativo a cargo de Alfonso Ferri Parres que nos quita el aliento se alían para turbar al público del Teatro Principal de Palma—un público joven en su mayoría, vaya sorpresa agradable—, que acoge con efusividad esta propuesta merecedora de cuatro nominaciones a los Max en 2025.
El plan dramático clarifica —a través de la tensión dramática acumulada en cada movimiento de los intérpretes— que la soledad no deseada, más allá de ser un fenómeno individual y subjetivo, es el resultado de engranajes sociales complejos que deben ser atendidos, explicados, y sin lugar a duda combatidos.
Roberto G. Alonso, director y coreógrafo de la pieza—a quien la temporada pasada pudimos ver en la icónica obra Jo, travesti, de Josep María Miró— firma una propuesta donde las palabras sobran y donde el espacio escénico diseñado por Víctor Peralta destaca la presencia del drama sin necesidad de que ningún texto subraye la acción: algunas veces menos es más, y la danza se basta por sí sola para recordarnos que en esta sociedad últimamente muchas personas no encuentran pareja de baile.
Y así nos va.














