La palabra “jurásico” ya existía antes de que se la inventara Steven Spielberg. Era una palabra aburrida, de tono académico, que no le importaba a nadie. Gracias a Spielberg el jurásico se hizo divertido, un lugar de encuentro familiar como un McDonalds de la prehistoria. Ahora es imposible no relacionar el jurásico con parques temáticos, dinosaurios de juguete y niños con los ojos como platos.
“El final de Oak Street” es una película de dinosaurios que no lleva la palabra jurásico en el título. El motivo bien podría ser que la palabra “jurásico” no se puede utilizar porque está protegida legalmente, pero también pudiera ocurrir que el público se haya cansado de parques jurásicos y sea más rentable buscar alternativas que se desmarquen de la saga de Spielberg. “El final de Oak Street” es un título ambiguo que no ayuda a saber si el asunto va de dinosaurios, zombis o asesinos en serie. Más bien parece un título sacado de una novela de Stephen King. Una ambigüedad calculada que se extiende a todo el márquetin de la película. Incluso en los carteles promocionales el dinosaurio casi no se ve, en algunos asoma de refilón y en otros simplemente no aparece. La idea es despertar la curiosidad del público convirtiendo al dinosaurio en el gran ausente.
«El final de Oak Street» es una película que se muere de ganas de demostrarnos dos cosas importantes. Para empezar que las fantasías infantiles de Steven Spielberg ya no hace falta buscarlas en Spielberg sino en nuevos directores como David Robert Mitchell, cuyo espacio natural parece el revival vintage, como ya demostró en el terror ochentero de «It follows». Lo segundo que nos enseña la película es que la idea que teníamos de los dinosaurios era equivocada. Al parecer su aspecto no es tanto el de un reptil correoso como el de una gallina a medio hacer. Estos nuevos dinosaurios tienen plumas y algunos incluso pelo. Un pelo pobre y desubicado, como el de Santiago Segura en «El día de la bestia». Son dinosaurios grunge, los Led Zeppelin de la prehistoria.
Entre una cosa y otra la película es muy exagerada. El peloteo a Spielberg es incesante. Hay una sensación de homenaje continuo. Algunas escenas son divertidas, como la del dinosaurio detrás de la valla destrozando el jardín. Suspense por omisión, el sello inconfundible de Spielberg para provocar tensión con lo que no podemos ver.
La crisis familiar de la pareja protagonista es otro guiño a Spielberg pero pasado de vueltas. Ese matrimonio es capaz de iniciar una discusión a escasos metros de dinosaurios asesinos. Entre salir pitando o pelearse por el divorcio eligen lo segundo. Los hijos, claro, lloran mucho. Discuten tanto que por momentos aquello parece «Kramer contra Kramer». Por cierto, una crisis sentimental que deja en mal lugar a la mujer empoderada del siglo XXI, a saber: para que la esposa se de cuenta de que ama a su marido es necesario que llegue el apocalipsis jurásico. Un marido que (según nos muestra la película) es un trozo de pan y se desvive por la familia y una esposa egoísta que no sabe lo que quiere. Una reflexión inesperadamente anti-feminista.
Luego está el asunto de los dinosaurios. De acuerdo, son criaturas feroces y hambrientas, pero digo yo que en algún momento descansarán. Los dinosaurios de «El final de Oak Street» están más motivados que David Bustamante. Son los Delta-Force del jurásico. Todos nosotros sabemos por los documentales de animales que incluso los leones más fieros del Serengueti pasan mucho rato sin hacer nada, acostados durante horas bajo la sombra de una acacia. La naturaleza, por muy salvaje que sea, no es el desembarco de Normandía.














