Marzo es un mes absurdo. No es invierno ni verano, llueve y hace sol. Estamos todos a verlas venir, listos para sacar de paseo la ropa de entretiempo tan absurda como el mes. En Marzo asesinaron al emperador Julio César, tal vez por hacer algo contundente que no estuviera entre Pinto y Valdemoro. Hagamos de este mes incierto un mes fantástico y hablemos de películas de género fantástico estrenadas estos días.
“Mickey 17”
El cine de Corea del Sur, violento y dinámico, siempre ha mirado de reojo a los géneros clásicos. Un cine mucho más cercano a las convenciones de Hollywood que a la espiritualidad oriental. Entre sus directores más reconocibles Bong Joon Ho es sin duda el más popular, casi una estrella del rock tras el éxito mundial de su película «Parásitos». Cinco años después de «Parásitos» el director vuelve al género fantástico con «Mickey 17», una estrafalaria sátira de ciencia ficción.
En «Mickey 17» el actor Robert Pattinson interpreta a Mickey, un ciudadano pusilánime que acepta someterse a un polémico proceso de réplica, por el cual al morir será fabricado de nuevo en una suerte de impresora 3D. El título de la película hace referencia al número de veces que Mickey ha muerto y ha sido rehecho. Los replicados son tratados como mercancía y usados como mano de obra para los trabajos más peligrosos. Sus vidas son prescindibles. A nadie le importa si Mickey vive o muere, porque mañana puede ser fabricado de nuevo.
Bong Joon Ho vuelve a recurrir a la paradoja futurista para plantear el eterno debate entre poderosos y sometidos. Una inquietud social que es la espina dorsal de su filmografía desde la criatura monstruosa de «The Host» al tren-ciudad de «Rompenieves». Sin embargo «Mickey 17» no termina de ser tan redonda como sus antecesoras. El argumento se dispersa en subtramas mal perfiladas y lo que empieza como un cuestionamiento sobre el valor de la vida, termina por desviarse hacia una inesperada fábula ecologista con bichos marcianos. El tono, incluso el punto de vista, vacilan sin encontrar un punto fijo entre la comedia, el drama y el esperpento.
«Presence»
Todo lo que hace el director Steven Soderbergh está por encima de la media. Un director gafapasta que llegó en los noventa anunciando una nueva ola de modernidad intelectual. Su primera película «Sexo, mentiras y cintas de vídeo» proclamaba una sensibilidad desencantada que clausuraba el triunfalismo infantil del cine de los ochenta. Actualmente el director es reconocido por lo que ya son clásicos modernos como «Traffic», un enorme fresco sobre el narcotráfico o la divertida mujer coraje de «Erin Brockovich». Pero sin duda su creación más comercial es la famosa saga «Ocean’s», sobre una variopinta banda de super-atracadores de guante blanco.
En «Presence» el director adapta una idea del veterano guionista David Koepp. Un extraño tándem entre un director alternativo y un guionista admirador confeso de Stephen King. «Presence» es una exploración del género fantástico que cancela el terror para situar con mucha elegancia lo paranormal en la emoción dramática. Una película sobre el más allá sin tinieblas ni penumbras. Una puesta en escena donde reina la luz y un ágil ejercicio de estilo entre el plano secuencia de «La soga» y el metraje encontrado.
La mejor forma de ver «Presence» es no saber nada de ella. Evitar el spoiler es inútil. De hecho anunciar que este texto no incluye spoiler ya es un spoiler porque el lector queda prevenido. Usted ya no verá «Presence» de la mejor forma posible. Como en la película, usted ya intuye que entre estas líneas se esconde una presencia. El fantasma de lo no revelado. Este texto no debería existir. Tampoco debería existir un concepto tan irritante como spoiler. Un término cursi que evito pronunciar. No volverá a ocurrir.
“Flow”
No es un estreno reciente pero sigue en cartelera y merece la pena verla en pantalla grande. “Flow» es la película que ha logrado robarle el Oscar de animación a Pixar en 2024. Un soplo de aire fresco en un año que nos ha dejado muchos despropósitos cinematográficos. Una aventura, con pinceladas de magia, en la que un gato hará frente a una colosal inundación desde una barcaza que bien pudiera ser una nueva Arca de Noé. En «Flow» todo fluye como las aguas fluviales de la película. Una historia sin diálogos que es pura fuerza visual, como un torrente que arrastra al espectador en una narración silenciosa. Una película intuitiva, en la que todo se entiende sin necesidad de explicar nada. «Flow» habla de la naturaleza sin sermones ecologistas y de la bondad animal sin fanatismos animalistas.
Una película que se aleja de la histeria hiperactiva de Disney para reubicar la animación en la calma de un ejercicio espiritual casi zen. Ha tenido que llegar un gato mojado para explicarle a Emilia Pérez lo que significa entretener y narrar sin buscarle tres pies al gato.











