En la Sala Petita del Teatre Principal de Palma, Mudanzas Portas abre sus puertas como si fuese una caja antigua: primero el silencio, luego el olor, finalmente una especie de temblor que no sabemos si pertenece a los objetos acumulados o a nosotros mismos. Quince personas — ni una más— somos invitadas a este umbral donde lo pequeño se amplifica y lo olvidado regresa con la suavidad de un roce.
La mano de Lluki Portas, que ya en Dama Dictadura demostraba un fervor casi devocional por lo mínimo —los recortables, las revistas del corazón, la constelación doméstica de lo documental— vuelve aquí a desplegar su delicadeza. Pero ahora ese gusto por lo pequeño se convierte en paisaje: un territorio hecho de papeles amarilleados por el tiempo, cajas que conservan la sombra de lo que guardaron, libros contables donde las cifras parecen rezos toscos que convocan el inventario de nuestra memoria.
Junto a Joan Tomàs Martínez, Portas construye un teatro de objetos que no representa: revela. La escena parece un archivo de criaturas dormidas que respiran. Cada manipulación, un conjuro para que lo inerte recuerde aquel instante olvidado en alguna esquina de los almanaques de antaño… No hay intención de reconstruir nada; la obra sabe que la memoria es un animal huidizo, que se escurre si se la mira fijamente. Por eso la toca de lado, con la puntita de los dedos.
La Sala Petita se vuelve caja de resonancia: el crujido del suelo se convierte en geología, la luz sobre una carpeta amarillenta en un paisaje lunar. No existe distancia entre espectador y objeto; apenas unos centímetros, un pulso, una escucha. Esa proximidad funda un ritual: asistimos no a una función, sino a una ceremonia íntima donde el polvo se vuelve la palabra primera.
La pieza rehúye cualquier nostalgia complaciente. No busca glorificar un legado ni inventariarlo: lo que hace es escuchar su rumor, ese murmullo que producen las cosas cuando ya nadie las vigila, cuando parece que son ellas las que nos observan con complacencia. Ese rumor del que hablamos se mezcla con el nuestro, con el de quienes miramos. Y entonces el archivo deja de ser archivo y se convierte en caja de resonancias.
Al final, cuando la última caja se cierra y la luz se recoge, no queda una tesis ni una moraleja. Queda algo más frágil y más verdadero: la intuición de que los objetos algún día serán el rastro de nuestra memoria, incluso cuando nosotros mismos ya los hayamos olvidado.







