No mires a los ojos de la gente

No mires a los ojos de la gente

Cada vez hay más películas que hablan de la violencia. No me refiero a películas con escenas violentas, sino películas que cuestionan su origen. Películas, en definitiva, que plantean una reflexión sobre las causas de la violencia.

El cine siempre ha sido violento. Eso no es una novedad. La historia, sobre todo las grandes historias en las que se inspira el cine se han forjado con violencia. Son violentos los géneros más clásicos como el western o el cine negro. Sin hacer grandes esfuerzos me viene a la memoria la célebre escena de “El acorazado Potemkin” con las tropas del Zar masacrando a la multitud desde lo alto de las escaleras de Odessa.

La guerra, género violento por excelencia, ha sido siempre el motor de la historia y el cine ha dado testimonio de su evolución. Hollywood ha sido el gran cronista de las últimas guerras que sacudieron el siglo XX. Desde el esplendor militar de los westerns de John Ford a la desilusión postmoderna de la guerra de Vietnam en películas como “Apocalypse Now” o “El Cazador”.

El siglo XXI ha superado la épica del cine bélico más clásico, entre otras cosas porque cada vez hay menos guerras, al menos en la llamada sociedad occidental. De hecho Europa mantiene, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un estado de paz sólido que ofrece a los ciudadanos una aparente sensación de seguridad. La guerra se antoja como un rumor de fondo que acontece en lugares remotos. Winston Churchill se refirió a esa situación de calma social como “estado de bienestar”.

Pero como era de esperar el final de la guerra no ha supuesto el final de la violencia. A pesar de la conquista del estado de bienestar seguimos encontrando motivos para el conflicto. Curiosamente es en tiempos de paz cuando la violencia surge por cualquier tontería. Porque la violencia no está en las guerras sino en nosotros. Una violencia caprichosa, cada vez más inexplicable, que ya no obedece a cuestiones de estado sino a problemas particulares. Una suerte de hastío vital, propio de las sociedades desarrolladas, que esconde una violencia íntima, profunda pero cada vez más indetectable.

El cine actual se hace eco de esta nueva forma de violencia y busca sus causas en la salud mental y el malestar general de la sociedad contemporánea. La película “Vincent debe morir” es una acertada metáfora sobre la violencia inmotivada. Vincent es una persona normal, con un trabajo normal, que de un día para otro, sin causa aparente, despierta un odio visceral en quienes le rodean. Todo el mundo que se acerca a Vincent siente el deseo arrebatado de terminar con su vida. Con el paso de los días Vincent descubre que el detonante de la violencia es la mirada. La vida de Vincent se convierte en una odisea diaria por la supervivencia que le obliga a mantenerse alejado de la gente.

Un argumento casi ridículo si la realidad no nos demostrara lo contrario. El director Stéphan Castang confía en la fuerza de su planteamiento en una película que de otra forma podría parecer un chiste. La película por momentos resbala hacia la comedia surrealista, sin embargo lo que prevalece es la claustrofobia del espectador que no puede evitar identificarse no sólo con el miedo del protagonista sino también con la violencia gratuita de los agresores.

“Vicent debe morir” es entretenida y sugerente. Una película que cuestiona la violencia contemporánea con una certera metáfora sobre la civilizada oscuridad que esconde el hombre moderno.

Perico Gual

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