El Teatre del Mar abre una temporada que promete con la obra Nuestros muertos, que forma parte de esa corriente de memoria literaria que echa anclas en nuestra historia más reciente, ahondando en traumas contemporáneos como las muertes provocadas por la banda terrorista ETA y al mismo tiempo bajando unos peldaños en el relato para que la Guerra de España se asome al presente con calidad de eco. En esta línea se me vienen a la cabeza obras como la trilogía Rescoldos de paz y violencia, de María San Miguel, o la novela Patria, que forma ya parte del imaginario colectivo como uno de los mayores fenómenos literarios de los últimos tiempos.
Micomicón Teatro nos tiene acostumbrados—con obras como Rif, Memorias de una hebilla o El triángulo azul, por poner tan solo tres ejemplos— a tomar el pulso a los conflictos flagrantes que nos asolan como sociedad imperfecta y fragmentada. Nuestros muertos es buena muestra de ello.
En esta ocasión la historia es la siguiente: una mujer en el ocaso de su vida acude a un encuentro restaurativo para hablar con el preso de la banda terrorista ETA que asesinó a su hijo. El conflicto está servido en bandeja de plata, pero lejos de convertirse la escena en una diatriba maniquea entre el bien y el mal, los espectadores vibramos con un planteamiento donde las preguntas—como en todas las obras de teatro que perduran en la mente del público— parecen no hallar respuestas, donde el dolor se expande y donde la rabia se acumula sobre las capas de la biografía de la protagonista, a todas luces una mujer normal, como normales son todas las mujeres que perdieron a sus hijos, a sus maridos, a sus padres o a sus abuelos en los hitos fratricidas que jalonan nuestro siglo.
Para lograr abrirnos las puertas como espectadores a todo ese universo de dolor, la actriz María Álvarez, en el papel de Ascensión, realiza un ejercicio de funambulismo entre la emoción contenida y la herida abierta que nos deja sin palabras a todos: asistimos a una suerte de catarsis compartida donde la víctima y el victimario nos sacuden con frases lanzadas al mismo corazón de una colectividad que todavía no ha recuperado las riendas de su propio relato, que quizás no las recupere jamás mientras siga permitiendo que los aciagos voceros de la patria nos amenacen a todos impunemente con la evocación de sus oscuras fosas y de sus lóbregas cunetas.
Carlos Jiménez-Alfaro, en el papel de Antxón, da siempre la réplica perfecta desde un arrepentimiento que no ha podido evitarle una condena a treinta años de prisión—de los que ya ha cumplido veintidós—y se hace con la empatía del respetable desde su rol de asesino: qué difícil es conseguir lo que consigue este actor, cuya raíz conflictual no es otra que la sangre que ha derramado con sus propias manos.
El elenco se completa con Clara Cabrera y Javi Díaz, que arrojan luz sobre la biografía de los personajes haciéndolos transitar por su infancia y juventud, mostrándonos un camino de pérdidas, de ideales radicalizados, de soledad y de ausencias que explican desde una dramaturgia porosa—urdida con oficio por Mariano Llorente haciendo un uso magistral de la analepsis— las mordidas con que el pasado hiende la carne blanda y quebradiza del presente.
Quizás también del futuro, pero eso todavía no lo sabemos.











