La música tecno. Qué movidón. Qué sudores. Bailar hasta reventar. Flotar en el éxtasis grupal. Ya me está subiendo, lo noto. Tú y yo somos uno en esta danza hacia Ganímedes. Buf qué calor, voy a por agua.
El tecno llegó para convencernos de que no se había ido nunca. Incluso Bono de U2 se lo creyó y se vistió como un personaje de Star Trek. Peo hay pruebas que demuestran que el tecno no ha existido siempre. Antes del tecno la música era otra cosa sin duda más fresquita. El siglo XX estuvo marcado por el fenómeno pop, sinónimo de diversión y desenfado. La gente cantaba para olvidar las penas o simplemente matar el aburrimiento. En la radio sonaba lo que se conocía por canción ligera. La música, desde Manolo Escobar a Steve Wonder, era síntoma de alegría. A pesar de todo el tecno trajo cosas buenas. Concedió a los tímidos el derecho a bailar mal. Mover la cabeza alcanzó la categoría de baile. Un detalle que parece menor pero que bien mirado es revolucionario.
De la mística a la deriva narrativa
El tecno bajó del espacio en los años ochenta y aterrizó en nuestras calles para convertir los guateques en discotecas y al antiguo pinchadiscos de verbena en un líder de masas. Un nuevo orden robótico dirigido por discjockeys. Ser tecno era el sueño de todo aspirante a moderno. Con un poco de laca, rímel y varias bolsas de basura el ciudadano medio podía invocar la modernidad y salir a la calle hecho un adefesio galáctico. Una suerte de Ana Torroja del Leroy Merlin.
Pero la sofisticación futurista de los ochenta dio paso al espíritu comunitario de los noventa. El tecno fue cobrando una importancia casi religiosa. Llegó la trascendencia. El tecno pasó de ser una frivolidad neo-liberal a una manifestación colectiva contra el sistema. Tal vez la culpa fue de los años setenta, su pacifismo drogado y su obsesión por los estados alterados de la conciencia. Incluso The Beatles (banda ligera por antonomasia) cayó en aquel embrujo chamánico de lo místico. Descubrimos entonces los lejanos sonidos de tribus primitivas. El inefable fervor de los cantos religiosos. El tecno se volvió oscuro y solemne.
Expectativas truncadas
A primera vista «Sirat» quiere hablar de todo esto. El tecno como celebración pagana en el desierto. Un Dios ruidoso que nos habla desde amplificadores de alta potencia y cuyo temblor «subwoofer» recorre las simas rocosas del Sahara. Pero lo que hubiera debido ser un viaje espiritual se transforma poco a poco en otra cosa. Del poema tecno pasamos a la prosa y de la prosa a la vulgaridad de un inesperado melodrama.
Oliver Laxe es la flamante promesa del cine español. Laxe lo tiene todo: donaire de príncipe persa, aura de filósofo socrático y verbo de intelectual francés. Tres películas han bastado para colocarlo en los grandes festivales. Su estilo existencial ya se compara con maestros como Víctor Erice. Su cine es climático y atmosférico. «Sirat» responde con solidez al estilo evocador del director pero algo ha fallado. A medida que la narración avanza parece olvidar su punto de partida. Como si el director se hubiera cansado de sí mismo. Como si el director quisiera fastidiar la lírica antisistema con un mal chiste. Laxe juega a ser un niño travieso que boicotea las expectativas. «Sirat» dejará en los seguidores de Laxe un regusto a traición artística. Lo que parecía una nueva inmersión en el corazón de las tinieblas termina como una mascletá valenciana. Porque al final «Sirat» es la bomba que va a estallar de Chimo Bayo. El que-tum-bam-Bam del buenrollismo perroflauta. De la alta cocina al Mac Donalds en menos de dos horas.











