Las palabras, nuestras expresiones van por modas. La moda, esa idiotez que se cura con el tiempo. El lenguaje parece un tema menor pero dice mucho de cómo piensa una sociedad. Por la forma de hablar se conoce a la gente, incluso se pueden deducir las afinidades políticas. Que se lo digan a Pedro Sánchez que para captar la simpatía de la juventud ahora habla como un youtuber y en el Congreso llegó a usar la expresión juvenil “le renta”. Dijo algo así “le renta este gobierno”.
Ahora se oye mucho eso de “pasar página”. Está en boca de todos. Todo el mundo parece tener un motivo para pasar página. Ignoro de dónde ha salido la condenada muletilla, pero intuyo que ha llegado con la nueva psicología, esa que llena la televisión de expertos de las emociones. Desde hace unos años todos llevamos un psicólogo dentro y decimos palabras raras como “resiliencia” o “asertividad”.
Pasar página significa no mirar atrás. Vivir el presente y no derramar lágrimas por lo que ya pasó. Pasar página nos empodera. Es una conquista mental. Pero al mismo tiempo pasar página nos viene a decir que recordar es algo malo. Porque lo cierto es que cuando pasamos página siempre es por algo que queremos olvidar. Pasar página nos quiere convencer de que recordar es un error. El pasado como un lugar triste. Pasar página es lo moderno y recordar es de viejos.
El protagonista de “Grazia” dice con mucha rotundidad: “yo no olvido, me gusta recordar”. Con esta simple afirmación el director Paolo Sorrentino se significa en las antípodas de la modernidad. En “Grazia” flota la melancolía de “Fresas salvajes” de Bergman. De hecho todo el cine de Sorrentino está cargado de memoria y pasado. A Sorrentino le gusta que los personajes de sus películas filosofen, hablen de arte, de belleza, de vanguardia y visto así podría parecer un director moderno, pero bajo esa fachada, un poco esnob, es todo clasicismo. El protagonista de “Grazia” dirige la mirada al espectador, pero lo que realmente contempla es el pasado. Y el espectador lo que ve no es tanto al protagonista como lo que hay detrás. Porque lo que hay detrás es la grandeza de Italia.
El protagonista de “Grazia” es nada menos que el presidente de la República de Italia. El actor Toni Servillo (habitual en las películas de Sorrentino) interpreta a Mariano de Santis un presidente solemne y un punto peculiar, pues parece inmune al estrés propio de su cargo. De hecho se pasa la película desocupado, deambulando con las manos a la espalda por las salas del Palacio del Quirinal o con la vista absorta en un punto fijo como cuando has dormido poco.
Mientras el presidente pasea su mente está en otra parte. Resulta que ha vivido cuarenta años sin saber quién fue el amante de su mujer. Su esposa falleció sin desvelar más detalles de aquel desliz. Sus secretarios le atosigan con informes y proyectos, pero De Santis pide tiempo a todo aquel que le mete prisa. Tiempo para reflexionar. Para pensar. Incluso tiempo para dudar.
A pesar del paso del tiempo aquella infidelidad es una espina que no puede quitarse de la cabeza. Algo normal, lo raro sería que no le diera importancia. De Santis genera resistencia a todo aquello que ahora aplaudimos como paradigma de progreso. De Santis se niega a pasar página y se niega a vivir el momento. De Santis es el último activista contra la modernidad.
Porque hay algo un poco idiota en ese empeño por olvidar. Olvidar precisamente lo que nos marca. Pensar es un ejercicio que se alimenta del recuerdo. Todos necesitamos recordar y estamos hechos de lo que fuimos. Quién afirma pasar página desprecia las páginas ya leídas. Renuncia a pensar y peor aún: renuncia al libro de su propia vida. “Grazia” es una pausa en este presentismo histérico que domina nuestros días y una serena reflexión sobre el legado y la herencia.














