Santa Teresa eau de toilette

Santa Teresa eau de toilette

Antes de que el cine posara su dedo acusador sobre la iglesia, maestros como Bresson, Dreyer o Tarkovski nos regalaron bonitas películas religiosas. Eran otros tiempos. Ahora la religión católica es vista como un reducto obsoleto infectado por la corrupción y la pederastia. Este punto de vista quedó muy claro en “Spotlight”, ganadora del Oscar a la mejor película en 2015.

En este clima de estigmatización católica la película “Teresa” parece una rareza. La directora Paula Ortiz recupera la figura inabarcable de Santa Teresa de Jesús, un personaje capital de la historia de España que el cine ha versionado en numerosas ocasiones. Adaptando el texto “La lengua en pedazos” del dramaturgo Juan Mayorga, Ortiz presenta una Teresa más mundana que divina. La directora no está tan interesada en el fervor religioso como en la figura de Teresa como ser humano falible, acentuando sus dudas pero también sus inquebrantables convicciones. Los medios de comunicación ya hablan de Teresa como nuevo referente feminista, un error que el propio Mayorga reconduce con estas palabras: “calificarla de feminista es colonizarla, reducir su complejidad y utilizarla para nuestras propias causas”.

Por encima de euforias empoderadas hay en el cine de Paula Ortiz una investigación del estereotipo femenino. La directora se dio a conocer en 2015 con la película “La Novia”, una adaptación de “Bodas de Sangre” de Lorca. Ortiz bucea en los clásicos para descubrir en ellos una mujer universal. De igual forma “Teresa” quiere conectar con el presente, reivindicando la vigencia de las ideas de su protagonista.

El gran defecto de “Teresa” es su difícil equilibrio estético entre vanguardia y clasicismo. La película quiere ser moderna y al mismo tiempo ser fiel a la época que describe. El argumento se vertebra sobre un largo duelo dialéctico, concretamente la entrevista entre Santa Teresa y su inquisidor en las dependencias del convento de San José. Un denso diálogo que desafía la paciencia del público, no sólo por su condición teatral sino por la dificultad de seguir la conversación en castellano antiguo. Se agradece la voluntad de Paula Ortiz por respetar las maneras medievales en el habla pero peligra la atención del espectador. La directora, que parece intuir el desastre, alimenta los farragosos soliloquios con imágenes oníricas de la infancia de Teresa pero sólo consigue empeorar las cosas.

Para evitar el exceso de teatralidad la película está sazonada de escenas poéticas que supuestamente deben acercarnos al éxtasis de Teresa. Sin embargo no hay en ellas divinidad ni trascendencia sino más bien el hedonismo de un anuncio de colonia. Una sensualidad muy actual pero que no parece encajar muy bien en la edad media.

La directora quiere ser mística y medieval pero es víctima de la más vulgar iconografía de la era Instagram. El resultado, lejos de la austeridad de Bresson o Dreyer, está más cerca del barroquismo preciosista de Ridley Scott. Una estética de video-clip que recuerda mucho a la Juana de Arco de Luc Besson, que también mantenía una charla con su inquisidor. La diferencia es que la película de Besson era un entretenido blockbuster y la Teresa de Ortiz es un muermo con pretensiones.

Perico Gual

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