A media España le gusta la tortilla de patata con cebolla. A la otra media sin. Pero el debate de la tortilla no termina ahí, pues son muchos los que también le añaden chorizo. Los hay que prefieren ponerle champiñones y algunos se atreven con el queso. Con tanto ingrediente empezamos a dudar si aquello sigue siendo una tortilla de patatas. ¿En qué momento una tortilla de patatas deja de serlo? Sin duda el lector lo tiene claro: mientras haya huevos y patatas todo va bien. Entonces llega un cocinero vanguardista y propone una receta de tortilla de patatas sin huevos ni patatas. Cómo te quedas Mari Carmen.
Aunque el ejemplo es un poco tonto el fondo del asunto es interesante: ¿Cuándo una cosa deja de ser ella misma?. A los cuentos clásicos les está ocurriendo un poco lo que a la tortilla de patatas. Les estamos echando muchos ingredientes. Caperucita ya no quiere ser roja. El lobo tiene una orden de alejamiento y los enanitos han denunciado a Blancanieves por allanamiento de morada. Efectivamente los cuentos están cambiando. A eso lo llaman “reescritura del relato”. Ahora todo es un relato. Cualquier ocurrencia, incluso un chiste de Paz Padilla, alcanza la categoría de relato. Este nuevo uso de la palabra “relato” se alimenta del postureo intelectual, así que no se fíen ustedes de alguien que pronuncia mucho la palabra “relato” porque seguramente lo que está diciendo sea una idiotez. De hecho llamar “reescritura del relato” a un cuento ya es una tontería propia de los que quieren convertir las cosas normales en entelequias pretenciosas.
La actualización del cuento tradicional es un perfecto campo de batalla para un enfrentamiento entre progresistas y conservadores. Los progresistas se aferran a la actualización, con el argumento de que los tiempos cambian y hay que modernizarse. Por su parte los conservadores defenderán la tradición y el respeto por dejar las cosas tal y como están, pues si algo funciona para qué cambiar.
Lo cierto es que los cuentos siempre cambian. Por ejemplo la Cenicienta tiene tres versiones de tres autores diferentes. Estos son: el italiano Giambatista Basile, el francés Charles Perrault y los hermanos Grimm que eran alemanes. Cada uno de ellos ha modificado la versión del escritor anterior, quitado o añadiendo, pero las tres versiones son válidas porque respetan la esencia del cuento.
Este panorama de los cuentos versionados cambia radicalmente en los últimos años, en los que Hollywood ha sometido los cuentos clásicos a una revisión exhaustiva que los ha puesto del revés. Ya no se trata de pequeños cambios sino de una inversión total del sentido. Se eliminan del relato los machismos, racismos, homofobias y cualquier conducta anticuada. Un tuneado tan agresivo que prácticamente no deja ni rastro del cuento original. Lo hemos visto recientemente en el empoderamiento de Barbie y también en la nueva versión de “El mago de Oz”. Dicho de otra forma: por fin hemos logrado la tortilla de patatas idiota. Esa abstracción que ni es tortilla ni es nada.
Ahora le ha tocado el turno a “Depredador”, la mítica película de los años ochenta. La película que popularizó a esa criatura del espacio que visitaba la tierra para cazar seres humanos. El argumento se centraba no tanto en el extraterrestre (que no se dejaba ver mucho) sino en la angustia del grupo humano acosado por una amenaza invisible. El depredador aparecía poco pero el público quedó fascinado con su diseño: un cazador solitario, salvaje y sin moral.
En la película que se estrena ahora no queda nada de todo eso. Su protagonista sigue siendo un miembro de la raza de depredadores pero ya no es implacable, ni amoral ni salvaje. De hecho es rechazado por sus iguales porque es débil. Expulsado de su tribu el protagonista viaja a otro planeta donde se hace amigo de los animales del bosque. En este punto hay que explicar que la saga “Depredador” ha sido adquirida por Walt Disney que ha convertido la franquicia en una historia de Barrio Sésamo.
Admitamos que los cuentos cambian porque la vida cambia. La mayoría de esos cambios llegan sin querer, sin mucho esfuerzo ni voluntad. Es el paso del tiempo el que, de forma natural, va añadiendo matices a los relatos. Pero lo que está ocurriendo ahora es otra cosa. Hollywood se ha empeñado en acelerar los cambios en una purga moral de todo aquello que recuerde tiempos pasados. Porque ahora el pasado es entendido como un error. Así las cosas tenemos el Depredador que nos merecemos, un depredador de chichinabo que es como una tortilla sin huevos.










