Tim Burton resucita el espíritu gótico en la gran pantalla
Los góticos son esos chavales raros que visten de negro y caminan mirando al suelo. Con esta rudimentaria descripción se refería mi abuela a los góticos, también llamados siniestros, una tribu urbana que tuvo su apogeo en los años ochenta. La cultura gótica era un movimiento musical, pero era mucho más, era una actitud, una forma de estar en el mundo. Si los punks estaban cabreados los góticos estaban tristes. Ambos movimientos tenían muchas cosas en común, en especial su radical actitud contra todo. Si el punk negaba el futuro, los góticos directamente negaban la vida. Actitudes con las que se hacía complicado empatizar.
El punk duró menos que un caramelo a las puertas de un colegio. De hecho su muerte parecía requisito indispensable de su propia filosofía suicida. También los góticos fueron víctimas de sus propios preceptos y se desvanecieron debido a su condición evanescente. Si el movimiento punk murió por exceso de ruido, los góticos desaparecieron en una profunda introspección melancólica.
El movimiento gótico no era muy amigo de hacerse notar así que nadie echó en falta a aquella juventud lánguida que vestía de negro. En la cultura popular el movimiento gótico es recordado sobre todo por la banda The Cure y por el cine de Tim Burton. Eran muchos los chavales que en los años 80 imitaban el particular peinado de Robert Smith, el carismático líder de The Cure. En realidad una banda gótica muy poco gótica, mucho más cercana al sonido pop de radio-fórmula que a las oscuridades satánicas.
En los años noventa, cuando el movimiento gótico parecía olvidado (o atomizado en otros movimientos) el director Tim Burton presentó “Bitelchús”, su segunda película pero la primera con la que alcanzó fama internacional. “Bitelchús” hablaba de fantasmas, espíritus y especial de ese cadáver estrafalario y gamberro llamado Bitelchús interpretado por Michael Keaton. “Bitelchús” era sobre todo una comedia inspirada en famosos seriales televisivos como “La familia Monster”. No era una película gótica pero al menos recuperaba una iconografía muy cercana al movimiento: mansiones victorianas, literatura romántica y una estética decimonónica que daba esperanzas a los fanáticos de lo siniestro.
Si “Bitelchùs” daba pistas sobre el estilo de Tim Burton, fue su tercera película, “Eduardo Manostijeras”, la que apuntaló los preceptos artísticos del director. El protagonista, Eduardo Manostijeras, interpretado por Johnny Deep, era un perfecto arquetipo de la cultura gótica. Bajo su amenazador aspecto, enfundado en cuero negro y largas cuchillas en lugar de dedos, se ocultaba un alma melancólica y bondadosa. Manostijeras era un joven con talento artístico y manos hábiles para la escultura, pero apartado del mundo e incomprendido por esa gente que llamamos normal. El carismático protagonista iniciaba una historia de amor imposible con Winona Ryder, un elemento narrativo que dejaba claro el tono romántico de la película. Sin duda “Eduardo Manostijeras” confirmó el amor de Tim Burton por la cultura gótica.
Ahora Tim Burton presenta en cines “Bitelchús Bitelchús” que como su nombre indica, es una segunda parte de la película con la que se dio a conocer. De nuevo el actor Michael Keaton se mete en la (agrietada) piel de ese fantasma desquiciado y bromista en una nueva aventura en el más allá. Junto a Keaton la película recupera el imprescindible papel de Winona Ryder y cuenta con nuevas incorporaciones como Mónica Bellucci.
El gran acierto de “Bitelchús Bitelchús” es que mantiene intacto el espíritu de la película original. Tim Burton no ha cambiado una coma y todo parece estar igual que donde lo dejaron. No hay sorpresas ni triples saltos mortales. La película es una entrañable vuelta a los años ochenta. Argumentalmente “Bitelchús Bitelchús” es más simple que un botijo pero se disfruta como un divertido manicomio que a buen seguro dejará satisfechos a los fanáticos del universo del director.











