Twin Peaks: seguimos sin saber lo que oculta Laura Palmer

Twin Peaks: seguimos sin saber lo que oculta Laura Palmer

En la fotografía superior aparece el cadáver de una chica. Una imagen perturbadora que no habla tanto de la muerte como de su belleza. Porque ese rostro lívido invita a ser contemplado. Si no fuera por el rictus inerte casi se podría pensar que hay algo festivo en su aspecto. Una elegancia de desfile de alta costura. Lo realmente perturbador es sentir atracción por aquello que debería causarnos rechazo.

La contemplación de la muerte es una idea arraigada en lo más profundo de nuestro instinto. Una curiosidad culpable, tan morbosa como inevitable. Es la idea central de películas como “Tesis” de Alejandro Amenabar, o de esa pandilla de chavales de “Cuenta conmigo” que deciden emprender una larga caminata animados por la idea de contemplar un cadáver.

La chica de la imagen se llamaba Laura Palmer y su cuerpo apareció envuelto en plásticos en el lecho de un río. Laura era la chica guapa del instituto en el acogedor pueblo de Twin Peaks. Un pueblo tranquilo, donde todos se conocen y nunca pasaba nada hasta su muerte. Laura era perfecta, el centro de todas las miradas. Una chica con tanta pasión que parecía que iba a vivir para siempre. Pero Laura escondía oscuros secretos. El FBI destina a Twin Peaks a Dale Cooper, un atildado y sagaz agente para investigar el caso.

Así empezaba “Twin Peaks”, una serie que, en apariencia, trataba una clásica investigación criminal pero que poco a poco desvelaba un mundo muy oscuro. El público no estaba preparado para lo que iba a ver. Amparada por las convenciones del formato de televisión “Twin Peaks” se colaba en los hogares para dejar una huella siniestra en las miradas alucinadas de los espectadores.

No fue el cine sino la televisión la que nos descubrió el mundo enrarecido de “Twin Peaks” y de su creador David Lynch. Su universo nos pilló desprevenidos. Por aquel entonces eran pocos los que conocían el cine de Lynch. De haber sabido que su opera prima era la grimosa “Cabeza borradora” ya nada nos hubiera sorprendido. En 1990, el mismo año que en España se estrenaba “Twin Peaks”, un anuncio de televisión anticipaba la sombra invisible de David Lynch. Era un breve anuncio de yogures Danone, cuyas imágenes de cuerpos esculturales se apoyaban en la sensual canción “Blue Velvet” de Bobby Vinton. El anuncio se apropiaba, sin disimulo, de la misma canción que abría “Terciopelo Azul”, la segunda película de Lynch. Una escena que recorría la calle de una agradable urbanización y cuyo amable vecindario saludaba a cámara lenta al espectador. Pero detrás de aquella apacible postal se intuía que algo malo estaba punto de ocurrir. En el cine de Lynch toda imagen bella tiene su reverso.

La televisión no sólo era la plataforma de difusión de “Twin Peaks” sino que la propia serie se inspiraba estéticamente en el formato televisivo. Lynch remarcaba la dramatización exagerada de las telenovelas venezolanas. Cada uno de los personajes, todos residentes en Twin Peaks, parecían esconder un secreto relacionado con la muerte de Laura Palmer. Pero era en el tercer capítulo cuando la serie daba un giro radical hacia la extrañeza onírica. Un capítulo que para muchos espectadores significó una auténtica epifanía. Una verdad oculta de pronto revelada. A partir de ese momento ni la televisión, ni el cine, ni la propia vida podía seguir siendo igual. Se trataba de la escena de la Habitación Roja. Ese vórtice esotérico entre dos mundos. Una escena que Lynch prácticamente copió de una pintura de Francis Bacon.

Tristemente el desarrollo de la serie no estuvo a la altura de los primeros capítulos. Cada nueva entrega semanal evidenciaba una voluntad forzada por dilatar el misterio. La improvisación y el absurdo se apoderó de la serie. A pesar de su fallida conclusión, con gran parte del público muy desencantado, “Twin Peaks” supuso un antes y un después en el mercado de los seriales. Hasta entonces no se había visto nada igual

Perico Gual

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