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Un Festival de la Paraula nada miserable

Els-miserables

El Festival de la Paraula, organizado por Produccions de Ferro, ha desplegado una edición especialmente reveladora. A lo largo de su programación, el público ha podido reencontrarse con tres novelas clave de la literatura mallorquina —Fruita i martiri de Sant Andreu Milà, Consolacions y Si jo fos fuster i tu et diguessis Maria— que, al ser llevadas a escena, dejan de ser únicamente materia narrativa para pasar a configurar un nuevo legado dentro de la dramaturgia balear, activando un diálogo fértil entre palabra escrita y palabra encarnada.

La incorporación de un club de lectura ha ampliado esa experiencia, generando un espacio donde las obras no terminan en escena, sino que se abren a una revisión colectiva más allá del teatro. A ello se han sumado encuentros dramáticos con autores de referencia —en esta edición, con especial protagonismo de Carol López, merecedora de reconocimientos en los Premios Max, los Premios Butaca y los Premios de la Crítica—, reforzando la idea de que el festival no vive solo de la exhibición, sino también del pensamiento compartido. En paralelo, la programación ha sabido abrirse a propuestas de indudable interés como Una casa en la montaña, de Albert Boronat, L’eternitat, de Catalina Florit, o Pànic SL, de Sorpresa Escénica, configurando un mapa diverso de sensibilidades escénicas.

A todo ello, debemos sumar la XII Edición del Torneo de Dramaturgia de las Islas Baleares que, como en anteriores ocasiones, ha agotado localidades en el teatro Maruja Alfaro Mar i Terra.

En ese contexto, la elección de Els Miserables, de Miquel Mas Fiol, como pieza de clausura ha sido profundamente significativa. Su propuesta recoge el impulso del festival —la palabra como herramienta crítica— y lo lleva a un terreno incómodo y fértil: el de la risa como mecanismo para hablar de la precariedad, de los abusos y de la fragilidad estructural del propio sector teatral. 

Lejos de cualquier tentación solemne, la obra toma el legado de Victor Hugo y lo desplaza hacia una lectura que interpela directamente a quienes hacen y sostienen el teatro hoy. Las figuras de Jean Valjean y Javert aparecen como ecos deformados, esperpénticos quizás, casi cómplices de un juego escénico que pone en evidencia las dinámicas de poder, la falta de oportunidades y las contradicciones de un oficio atravesado por la precariedad.

La comicidad atraviesa toda la pieza sin concesiones. No hay refugio en la tragedia: todo se filtra a través de una risa que expone, que señala y que, por acumulación, termina generando una incomodidad reveladora. La ruptura constante de la cuarta pared convierte al espectador en testigo directo — a veces en cómplice— de ese desmontaje, evidenciando que lo que está en juego no es solo una reinterpretación de un clásico, sino una mirada crítica sobre el presente del teatro.

El espacio del Teatre del Mar potencia una proximidad necesaria con el acontecimiento. El público no solo asiste: reconoce, se reconoce y, en algunos casos, queda interpelado, queda retratado, y de ninguna manera puede salir indemne de esta experiencia delirante.

En ese engranaje escénico que convierte la risa en vía de escape, el trabajo interpretativo resulta decisivo. Lluís Oliver, Gerard Franch y Mel Salvatierra sostienen la propuesta con un excitación necesaria. Su dominio del tempo cómico —esa capacidad de estirar una situación hasta el límite exacto en que la risa se vuelve incómoda— es uno de los grandes motores del montaje. Su trabajo no busca la construcción clásica de personajes, sino más bien la activación constante de situaciones que oscilan entre la parodia, la confesión y el comentario crítico. Saltan de un registro a otro con una naturalidad que refuerza el carácter fragmentario de la propuesta—uno de los grandes valores de la obra, pero en alguna ocasión puede que también una de sus mayores debilidades—y hacen de la ruptura de la cuarta pared un espacio de juego agradecido y necesario.

Y en el centro de todo, la escritura de Miquel Mas Fiol se confirma como una de las voces más reconocibles de la joven y talentosa dramaturgia balear contemporánea: sabe reírse del material con el que trabaja, del dispositivo teatral y, sobre todo, del propio sistema que lo sostiene. Hay en su dramaturgia una capacidad poco frecuente para convertir la ironía en herramienta política sin perder ligereza, para hacer que el humor se convierta en una forma de pensamiento eficaz que nos salve de la lacerante ingratitud de nuestro presente.

Como clausura del Festival de la Paraula, la elección de Els Miserables resulta especialmente afinada; no ofrece una conclusión apacible, sino un gesto que sintetiza el espíritu del festival: la palabra, aquí, no se limita a ser pronunciada, puesto que también se cuestiona, se tensiona y se devuelve al público cargada de ironía y de verdad incómoda. Y en esa risa compartida, convertida en artefacto político de comunión y comunidad, el Festival de la Paraula encuentra una forma lúcida de despedirse, dejando abiertas las preguntas que realmente importan, haciéndose eco de que, como dice un refrán japonés, el tiempo que uno pasa riendo es el tiempo que pasa con los dioses.

Antonio Miguel Morales

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