Nits d'Estiu

Un laberinto para oficinistas

Un laberinto para oficinistas

En España poca gente va a misa, pero, mira por dónde, el otro día en el estadio Santiago Bernabéu 80 mil personas aplaudían al papa. La fe es menos perezosa si puede practicarse en un campo de fútbol. Los españoles han demostrado que el catolicismo fanático es compatible con la afición por comprar bustos de Buda en IKEA. También Pedro Sánchez, nuestro presidente “slim-fit”, ha abrazado el catolicismo con un fervor sólo comparable al feminismo de José Luís Ábalos.

La visita de León XIV a España ha eclipsado, incluso, los conciertos de Bad Bunny, un cantante que vendría a ser el papa del perreo. Es lo que tiene la cultura de la diversidad, que nos permite saludar al papa por la mañana y bailar reguetón por la noche. De la liturgia sacra al desenfreno pagano en un solo clic. Para cualquier adolescente la distancia entre el papa de Roma y el papichulo de Puerto Rico es tan sólo de unos píxeles en su álbum de Instagram.

El estreno de la película «Backrooms» es de las pocas cosas que no han tenido nada que ver con la visita de León XIV. Con semejante revuelo eclesiástico hablar de cine casi parece un milagro. Sobre “Backrooms” se ha hablado mucho, al menos fuera de España. Los entendidos ya la califican como una revolución del cine de terror, un adjetivo que llega por defecto con cada nuevo estreno del género, así que no hay que tenerlo muy en cuenta. Personalmente “Backrooms” me va de perlas para hablar de una idea que tengo sobre el cine en general. Un punto de vista que expongo a continuación:

Hace años mantuve una conversación con un amigo sobre «Blade Runner» y la charla casi acaba en discusión. Contaba yo que «Blade Runner» me fascinaba. La vi de pequeño y me quedé embobado con sus lucecitas. Embobado con sus coches voladores. Con esa ciudad bajo la lluvia. Nunca había visto nada parecido. Visualmente fue una especie de revelación. Mi amigo se sumó a los elogios, pero su opinión tomó otro camino. Mi amigo hablaba de la fuerza del argumento. Del miedo a morir y el misterio de la existencia. Le respondí que todo eso me daba igual. A decir verdad de pequeño no entendía muy bien el meollo de «Blade Runner». No me parecía importante. A mí me gustaban las lucecitas.


En muchas ocasiones nuestra fascinación por una película no tiene nada que ver con su argumento. Admito que mi teoría no es perfecta, pero creo en ella. ¿De qué va «Casablanca»?. Un rollo de unos pasaportes. A quién le importa. Lo que queremos es ver a Rick apoyado en la barra. A Sam acariciando el piano. Queremos ver las pupilas con mil brillos de la Bergman. Con «El padrino» (todavía hoy) me hago un lío con los nombres. La familia Tattaglia por aquí, Sollozzo por allá. Da igual. Sigo disfrutando de su elegancia. De sus despachos en penumbra. De aquellos cónclaves de maldad en voz baja. Por no hablar de «Vértigo» que es la apoteosis del absurdo. Pero la película nos hipnotiza con sus reflejos verdes y esa misteriosa mujer que flota en el centro de una espiral. A veces no sabemos de qué va una película, pero nuestra mirada queda atrapada. Tal vez la culpa ha sido de una simple imagen. Tal vez una estética. Una atmósfera. El cine, por definición, es visual.

«Backrooms» es el ejemplo perfecto. La película es tan visual que la idea surgió a partir de una foto. Una humilde foto colgada en internet. La imagen mostraba unas inquietantes habitaciones vacías. La foto tuvo millones de visitas. En la vorágine de aquel fenómeno viral un chaval llamado Kane Parsons vio el filón y se apropió del concepto. Kane Parsons tiene 20 años y la audacia empresarial de Amancio Ortega. Parsons ha logrado convertir una simple foto en una de las películas de terror del año.


«Backrooms» es puro ambiente. Lo que en alemán llaman «stimmung». Aquí no hay guion ni argumento. A primera vista no hay en “Backrooms” nada nuevo. Lo del vórtice a otra dimensión es más viejo que el hilo negro y la cámara en mano es un claro guiño a la bruja de Blair. Hay que admitir que todo sumado resulta original. En especial su apuesta por un terror reducido a puro escenario. Lo vimos hace tiempo en el hotel Overlook de «El resplandor» y hace poco en la serie «Separación».


 Aceptamos «Backrooms» y su implacable claustrofobia. Parsons actualiza el mito del laberinto y lo coloca en el peor lugar posible para el hombre moderno: la oficina. Incluso la luz tiene color de post-it. Lo de los muebles chungos nos queda claro a la primera, pero la película vuelve sobre ellos en cada escena. Es precisamente en esa reiteración donde la película se pierde. Da la sensación de que más allá de ese formalismo no hay nada. La sensación de que Parsons no sabe por dónde tirar. Voy a permitirme ir en contra de mi teoría y decir que a «Backrooms» le falta argumento. Un poquito.

Perico Gual

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