¿Quién matará a Mesalina?, obra de Jeroni Obrador estrenada en el Castillo de Bellver el pasado viernes 22 de agosto, reflexiona sobre nuestro presente inmediato provocando el milagro de transportar la antigua Roma a un plató de televisión ubicado en un limbo próximo donde el público se convierte en personaje central de una propuesta estética que camina de lo esotérico a lo gótico y que funciona de una manera impecable.
La propuesta, aun sirviéndose de los mecanismos clásicos de la comedia, no renuncia en ningún momento a su posicionamiento político, a su abanderamiento del feminismo, a su defensa de la sexualidad de la mujer—ya sea la femme fatale, ya sea la vecina del quinto—sin que los insignes salvadores de la patria— ya sea la romana, ya sea cualquier otra—tengan que otorgar un permiso que Mesalina ni espera ni necesita ni desea.
Tampoco espera ni necesita ni desea permiso Salomé, que desde su universo bíblico de princesa judía—encarnada por una pletórica Lara Martorell, que se pega un currazo—lanza sentencias como saetas a un público que no sale de su asombro, al mismo público que interpela quebrantando la línea imprecisa de la cuarta pared: doy fe de que fue así, porque a mí mismo me ofreció la daga que portaba para el sacrificio de Mesalina preguntándome después si me había meado encima, provocando el delirio de un público que, como podrán comprender, estalló en carcajadas.
La obra, aun echando raíces en la Antigua Roma, no renuncia a hablar de las intrigas de la historia reciente, de los juegos de poder, de la guerra que barre el planeta como un cáncer atroz, del genocidio de Gaza como herida lacerante de nuestra contemporaneidad; en un momento de su extensa diatriba emocional, Salomé afirma: “Los europeos son tan buenos, tan generosos, tan de quedarse impasibles cuando alguien comete un genocidio…”.
Ese momento me lo llevé a casa. Y lo he guardado para el final de estas líneas. Porque el teatro que no se moja—permítanme la paradoja— es papel mojado: y el papel mojado se pierde en esta modernidad líquida y cerril que todo lo engulle. Que todo lo babea. Que todo lo oscurece.











