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Una mujer casi feminista

Una mujer casi feminista
Una mujer casi feminista

Celine Song es tendencia. A usted las tendencias se la traen al fresco y por supuesto no conoce a Celine Song. La tendencia es una especie de moda de bolsillo. Una moda sutil. De ahí la diferencia entre Shakira (famosa a lo bestia) y Celine Song que no la conoce nadie porque es tendencia. La moda es aquello que estamos obligados a soportar sin haberlo pedido, es decir: Bad Bunny. La tendencia en cambio es menos invasiva y más respetuosa con el medio ambiente. La tendencia es la modernidad sostenible de las personas exigentes.

Lo dicho, Celine Song es tendencia aunque tampoco queda muy claro el motivo. Me refiero a que no ha descubierto la penicilina ni ha separado las aguas del Mar Muerto. Pero es coreana. Lo oriental está de moda, usted lo sabe porque come sushi y Corea del Sur es el Versalles de lo oriental. Celine Song representa el oriente pijo, ese oriente de tradición, tecnología y cosas pequeñitas. Además de coreana Celine Song es directora de cine. Ha dirigido dos películas, es decir, poca cosa, pero la crítica habla maravillas desde el estreno de “Vidas pasadas”, su primera película. Luego hizo otra. 

La trayectoria cinematográfica de Song no necesita síntesis porque ya viene resumida: son dos películas de amor. Dos películas de afectos y palabras bonitas. En realidad amores de toda la vida pero con un toque Zara Home. Una versión premium de un telefilm de domingo. El estilo de la coreana es suave y relajado, como envuelto en el aroma de una infusión de manzanilla. Flota en el aire lentitud y la mística de un poema haiku. De vez en cuando un gorrión se posa en una rama.

De Celine Song se espera que nos cuente cosas fascinantes de la sociedad milenial. Cosas modernas. Cosas feministas. Lo esperan las blogueras otaku, los adictos al aloe-vera y los homosexuales que coleccionan eslóganes de Twitter (ahora Equis). A Celine Song la esperan, en fin, los fanáticos de las tendencias. Todos atentos, esperando historias sobre poliamor, diversidad familiar, sexo queer, incluso importantes asuntos no binarios. Pero nuestro gozo en un pozo. Las películas de Celine Song resultan más tradicionales que un cuento de la abuela.

«Vidas pasadas», su primera película, habla de un amor de infancia separado por el tiempo y la distancia. Hasta aquí nada nuevo. El cine nos ha regalado un sinfín de romances interrumpidos. La novedad de “Vidas pasadas” vendría dada por internet que permitirá el reencuentro de los amantes. Gracias a Internet ya no tenemos excusa para perder la pista de alguien. Internet ha roto la magia del aislamiento deseado.

“Vidas pasadas” es como un largo anuncio. Cuando la película no se parece a un anuncio de Iphone se parece a otro de Air-bnb porque salen muchas habitaciones confortables, terrazas y cocinas muy bien ordenadas. Todo impecable, como recién salido de un tutorial de Marie Kondo. Mantengo la esperanza de que esa sensación de anuncio desaparezca, pero no hay manera.

El gran problema de “Vidas pasadas” es el paso del tiempo. Se supone que han pasado más de veinte años pero no se nota en nada. Los amantes no envejecen. Mantienen una cara vitalicia sin arrugas. Bueno, a veces él parece más joven. Ambos tienen la misma edad pero crecen a destiempo. Ella vive en Nueva York trabajando como la adulta que es, en cambio él sigue en Seúl como un chaval, cargando con la mochila del colegio. Un poco raro.

“Materialistas”, estrenada hace unos meses, es la segunda película de Celine Song. El gran tema de “Materialistas” es el amor convertido en mercancía. Empresas que buscan el amor por usted. Mujeres que se enamoran de hombres ricos. El dinero como motor del amor. “Materialistas” pretende hablarnos del mundo actual pero todo suena antiguo. Para colmo la protagonista no para de repetir que cuando encuentre el amor será para siempre. Como guinda a su tono conservador la película demostrará que el amor verdadero triunfa sobre las vanidades materialistas. La protagonista se enamora de un chico pobre.

Como ya ocurría en “Vidas pasadas” el ritmo de “Materialistas” es pausado. El Nueva York de Celine Song se parece al de Woody Allen pero inyectado en cloroformo. Un Nueva York zen pero no mucho, para no empalagar. Una espiritualidad que te llega por Amazon para las almas sensibles de Instagram. Los personajes hablan con largas pausas, con tiento y prudencia, como cuando vas a dar una mala noticia. En esos diálogos telegráficos hay algo de reunión de alcohólicos anónimos. 

No se le ocurra decir que las películas de Celine Song son un rollo. Le tacharán de rancio y de no entender la cultura oriental. La única explicación es que usted nunca ha salido de Albacete. Los culturetas que saben idiomas le recomendarán viajar más y ver las películas en versión original.

Perico Gual

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